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Festival Paredes de Coura 2025 (Portugal)
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Festival Paredes de Coura 2025 (Portugal)

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Como cada verano desde hace ya tres décadas, la playa fluvial de Tabuão recibía de nuevo al Paredes de Coura. La suya es historia viva de los festivales de música en Portugal, en la que muchas cosas han cambiado durante este tiempo; desde aquellas primeras ediciones gratuitas hasta los más de 120.ooo asistentes registrados este año durante sus cuatro jornadas.

Culmina así una de las ediciones más multitudinarias del Paredes, que llegaría incluso a agotar los abonos generales y a originar algunas aglomeraciones durante momentos puntuales del fin de semana. También problemas en la coordinación de los parkings que dan acceso a la zona de acampada, sin informar debidamente al público sobre su acceso, ocupación y alternativas disponibles.

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Pero pese a todo, parece que lo esencial sigue intacto; con una programación en la que siempre hay hueco para el descubrimiento, que apuesta por el valor de la música emergente portuguesa y que se empapa del ambiente característico de sus largas jornadas en el río. Todo ello para seguir siendo, una temporada más, uno de los festivales más genuinos de Europa y lugar de peregrinación para quienes buscan algo más allá de un macrofestival de música al uso.

Durante nuestros dos días de cobertura en el festival, disfrutaríamos de conciertos tan esperados como los MJ LendermanCass McCombs o Fat Dog, hasta las gratificantes sorpresas de propuestas como las de Zaho de Sagazan, The Hellp, Joey Valence & Brae, Glockenwise o Travo. Os lo contamos en esta crónica.

Miércoles, 13 de agosto.

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Todo comenzaba desde el principio, a la intempestiva hora de las 16:30 de la tarde, aún con un sol de justicia en el cielo pero al cobijo de la sombra del escenario secundario, donde Being Dead serían los encargados de abrir esta edición. Y pese a ser su segundo disco de estudio uno de los más laureados del pasado año en el circuito más incipiente, esas canciones de surf y garage, ya de por sí tranquilotas, en directo se pausan aún más. Mención especial para esos finales de canción, en los que bajaban directamente todo el sonido desde la mesa en un fundido. Definitivamente, no conseguirían levantar a los muertos en esta franja horaria siempre difícil.

La energía comenzaría a despuntar desde el escenario principal, en la voz de una Nilüfer Yanya que daría un recital de menos a más. Con un arranque algo monótono y dubitativo, la artista inglesa de ascendencia turca lograba conectar con sus mejores esencias en la cadencia de ‘Stabilise’, a partir de la cual abordaría un final de concierto sobresaliente que nos dejaba con la miel en los labios.

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Una melaza guitarrera que encontraría su continuidad perfecta en las melodías de Cass McCombs y los suyos. Con su habitual fachada hermética y su prosa fluida, el californiano volvería a dar una clase de elegancia en el Paredes de Coura, comenzando su directo con el estribillo facilón de ‘Bum, Bum, Bum’, con el que nos marcaba el pulso. Nada importaba que parte de su cancionero fuese dedicado a su disco aún inédito (que publicaría solo dos días más tarde), del que rescataba joyas como ‘Peace’ o la colosal ‘Asphodel’. Y es que parece sencillo todo lo que hace, pero ahí hay algo más. Algo que sonaba gigante con esas guitarras que se entrecruzan con estilo stoniano y al mismo tiempo bajan al subsuelo del noise negroide de The Jesus and Mary Chain, Sonic Youth o Yo La Tengo.

También bordaba las baladas y las texturas de esa otra faceta suya menos inmediata pero igualmente hipnótica, además de adentrarse en el blues del delta para llevarse la tradición a su particular universo sonoro. De allí nos traería una ‘Big Wheel’ que giraba implacable sobre unas líneas de bajo y unos ritmos de batería que sostendrían uno de los mejores sonidos de todo el festival. Simplemente magistral.

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Sin salir mucho de este sonido, que parece cocinar a fuego lento el folk-rock para dejarlo volar mucho más lejos del molde, MJ Lenderman es, sin ninguna duda, uno de los grandes profetas actuales en estas lindes. Un año después de tocar en Paredes de Coura como guitarrista de Wednesday, en otro de los conciertos memorables de la pasada edición, Lenderman daba el mercedio salto al escenario principal junto a su banda, The Wind, para defender en directo su proyecto en solitario, con uno de los álbumes más laureados que nos dejaría 2024.

Ya desde el arranque, proponía un brindis a la melancolía, tirando de una de las mejores canciones editadas el pasado año, compuesta por su amigo This Is Lorelei y versionada por el propio Lenderman en estudio. Una cover en que la rebajaba el ritmo para hacer aún más profunda toda la saudade que emana de ‘Dancing in the Club’. Latigazo emocional que continuaría azotando las brasas de la nostalgia con temazos como ‘Wristwatch’ o la amargura de ‘Joker Lips’. Hay que estar medio loco o muy seguro de tu setlist para abordar, de primeras, tres de las mejores canciones que tienes grabadas.

Confiado en sus superpoderes, Lenderman levantaba la frente con una mirada inquebrantable que parecía sondear sus pensamientos más oscuros y agresivos, y que se proyectaba hasta nuestros ojos en esos primeros planos que mostraban las pantallas. Aceptando el desafío, aún tenía muchísimo para darnos. Sobre todo en un tramo final en el que volvería a ponernos el corazón en un puño con ‘She’s Leaving You’, afilaría aún más las guitarras en la candela rockera de ‘Hangover Game’ o volvería al origen de todo con ‘Knockin’, cerrando el círculo con este guiño moderno a Bob Dylan. Este tipo posee una intensidad y una forma de hacerte llegar sus canciones que son de lo mejor que le ha pasado a la música norteamericana en los últimos años. Un auténtico terrorista sentimental.

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Apelando de nuevo al alma, en concreto al soul, la de Don West es una de esas propuestas que te parte en dos cualquier prejuicio arquetípico. Sorprende, y mucho, que de ese cuerpo blanco, hipertrofiado, que parece sacado de ‘Los Vigilantes de la Playa’ o de cualquier película de acción de Sylvester Stallone, salga un vozarrón de espíritu soulero que alcanza los registros y altura de las grandes voces del género. Lo que ves y lo que escuchas es una disonancia total de estímulos.

Superado ese primer shock perceptivo, el australiano es todo lo que puede desear un amante del soul. Sus canciones, siempre bajo el poso añejo del sonido más tradicional, incluyen el grano y los matices perfectos para bailar pegados o sueltos, según se prefiera. Rolas como ‘Friends’ o la definitiva ‘Small Change’ reafirmaban el buen hacer de un cantante que, sin aportar nada nuevo, lo que hace, lo hace impoluto.

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Momento entonces para el descubrimiento. Para darnos de bruces con el concierto antológico que firmaría en Coura una, hasta el momento desconocida para mí, Zaho de Sagazan. Y aún creo que nada de lo que vaya a escribir a continuación hará justicia a lo vivido el pasado miércoles en la ladera del escenario principal del festival luso. Pero vamos a intentarlo.

Con una puesta en escena profundamente teatral, donde por momentos la joven cantante francesa parece decirnos casi tanto con sus coreografías como con su voz, arrancaba un recital inclasificable en lo sonoro. ¿Cómo se puede mezclar así de bien la suavidad de la chanson francesa con el techno más rotundo?

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Entre la bruma, Zaho de Sagazan nos inducia a la fascinación en cada nueva canción, desde las atmosferas electrónicas que le aproximaban a la órbita de Stromae, en cortes como ‘Aspiration’ o ‘Tristesse’, a la música de baile ochentera de ‘Ô Travers’ o las baladas perfumadas y altamente viscerales de ‘La Symphonie des Éclairs’ u ‘Old Friend’. Canciones en las que, en directo, la vehemencia vocal de Zaho te llevaba sin saber cómo ni por qué hasta el pelo erizado, hasta el ojo vidrioso y hasta esa extraña sensación de no entender nada de lo que canta, pero tocarte igualmente algo por dentro hasta hacerlo vibrar. El lenguaje universal del amor en sus distintas vertientes. Para eso no hacen falta traducciones.

En una comunión absoluta con su audiencia, Zaho bajaba de las tablas para abrazar a sus seguidores y ceder el micro a los más fieles. Y créanme cuando les digo que en ella nada de esto parece impostado. La conexión que genera con el público es de una pureza que solo he visto en pequeños destellos a lo largo de mi vida en mil conciertos; ese magnetismo indescriptible en el aura de Matt Berninger, cuando en medio de un concierto de The National te mira a los ojos, te da la mano y entiendes de golpe todo lo que te está queriendo decir. La misma materia intangible de la que está hecho el don de Nick Cave, cuando se transforma en un reverendo que canoniza en las primeras filas. Toda esa mística inexplicable está también en Zaho de Sagazan y funciona en ambas direcciones.

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Visiblemente emocionada sobre las tablas, esbozaba que este estaba siendo uno de los mejores conciertos de su gira en verano, para después de ponernos a bailar con su techno más directo bordeando el clímax final, acabar comprendiendo la magnitud de lo que ella misma acababa de hacer. Se refería entonces a este concierto como un de los mejores de toda su carrera. Seguramente el mejor. La entrega del público portugués en este recinto tiene una vibra especial, y la energía que genera entorno a algunos conciertos es algo que hay que vivir para entenderlo. Qué bonito debe de ser para un artista subirse a un escenario y sentir esto. Zaho de Sagazan se llevaba una de las ovaciones más rotundas que he escuchado nunca en este festival. Pasaran los años, pasarán muchos nombres por este escenario, y este concierto seguirá siendo recordado por quienes estuvimos allí. Esto es ya leyenda del Paredes. Merci beaucoup!

¿Cómo recuperarse después de semejante éxtasis? La misión casi imposible recaía primero sobre la rapera Capicua y más adelante sobre unos Vampire Weekend quienes, sonando sin fisuras y sin nada que reprocharles a nivel instrumental, personalmente no conseguirían emocionarme ni lo más mínimo.

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Ya es la segunda vez que veo en directo a la banda neoyorkina y sigo sin entrar al trapo de sus armonías cristalinas. Ni tan siquiera en ese ramalazo jangle pop en el que, para mi gusto, se encuentran sus mejores esencias. Más allá de sus grandes éxitos, esa ‘A-Punk’ de espíritu reggae o la luminosa ‘This Life’, se perdían en el tedio de unos sonidos excesivamente inofensivos, sin capacidad para despertar nada dentro de mí. No obstante, es una cuestión de gustos. A buen seguro harían felices a sus seguidores más arraigados y eso siempre es motivo de aplauso.

Con ganas de subir de nuevo el ímpetu, Joey Valance & Brae es una de esas propuestas que gustan por estos lares. A pesar de ser mi tercera edición consecutiva cubriendo el Paredes de Coura, me sigue sorprendiendo esa dualidad innata en su público, llevando la contradicción hasta extremos insospechados; capaces de estar leyendo o dibujando en un cuaderno en mitad de un concierto, o escuchando con el máximo respeto posible a una banda y, minutos después, zafarse en un pogo salvaje que abarca toda la embocadura del escenario y toda la profundidad de la pista hasta la mesa de sonido.

Por suerte para todos los que aún permanecíamos despiertos, el de Joey Valance & Brae entraría de lleno y desde el primer segundo en el terreno del barro. Bases de rap clásicas y disparadas directas a la yugular, con dos raperos y un DJ que convertían todo aquello en una gran masa de cuerpos saltando y chocando entre sí. Con el ritmo del breakbeat, ‘Like a Punk’ marcaba, efectivamente, uno de los momentos más punkis del festival, algo que se repetiría en la también muy literal, ‘Punk Tactics’. De los mejores directos de rap de la temporada, estos tíos tienen todos los ingredientes para reventarlo.

Jueves, 14 de agosto.

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Tras una jornada inaugural que ya bien valdría el viaje hasta Coura, la segunda jornada adquiriría un sabor especialmente local, siendo dos grupos portugueses los que darían la sorpresa hasta convertirse en algunos de los mejores conciertos del día. Los primeros en subirse a este carro serían Glockenwise. Sin haber escuchado apenas un puñado de sus canciones, y solo como deberes previos al festival, la banda oriunda de Barcelos me atrapaba desde el comienzo con un crisol de guitarras de las que emanaban armonías tintineantes y llenas de matices.

Con una chulería particular y una propuesta visual sobria pero efectiva, daban un recital lleno de clase en el que, en plena euforia final, terminarían volando por los aires varias personas, entre ellas el cantante de la propia banda con su camiseta de Palestina clamando justicia al cielo de Portugal. Un directo que despierta las ganas de bucear en su música y ponerles en el radar.

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También en lengua portuguesa pero acento de Brasil, Terno Rei llegaba a Paredes con esas texturas de dream pop a las que el idioma y la tradición brasileira arropan aún más. Canciones como ‘Yoko’ mostraban el componente más urgente y popero del grupo, mientras que por otros momentos acercaban más su sonido a los ámbitos del post-punk.

Haciendo un batiburrillo de la sabrosura característica de muchas regiones de Latinoamérica, la agrupación musical angelina LA LOM (acrónimo de Los Angeles League of Musicians) ofrecía su recital instrumental de cumbias pasadas por su propio filtro. Uno de esos conciertos sin grandes pretensiones, que escuchar tranquilamente a la sombra de un arbolito a falta de una palmera y un clima más tropical.

Turno entonces para uno de los conciertos de mayor renombre del día. La de Perfume Genius es una propuesta completa, en la que performance y música se equiparan en mérito artístico. Y aunque no consigo conectar con su música, es de justicia reconocer la calidad de lo que propone sobre las tablas. Canciones intimistas en las que a menudo desgarra sus costuras sentimentales al resguardo de un falsete prodigioso en la voz.

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Y tras varios conciertos de incuestionable valor musical pero tono descafeinado, y ante una falta preocupante de efervescencia en la atmósfera del festival, tocaba el turno de Fat Dog. En tiempo récord y con tan solo un LP editado, la banda británica ha conseguido convertirse en una de las grandes referencias actuales para los amantes del pogo. Con un eclecticismo musical que les caracteriza dentro de este amplio e inclasificable espectro que reúne a bandas de espíritu punk mezclado con instrumentos raídos y ruidosos, Fat Dog irrumpen con los sintetizadores y los saxos para seguir la brecha que abrieron tiempo atrás los seminales Viagra Boys.

Justo a tiempo para salvar del letargo esta segunda jornada, pese a que con semejante acelerón, de cero a cien en cuestión de un acorde, nos pillase a más de uno con el pie cambiado. Pogo desde el primer segundo, gente por los aires y unas canciones cáusticas que provocarían algunos de momentos más desatados de esta edición.

Canciones como ‘King of the Slugs’ convertían aquello en un hervidero humano colectivo, mientras que algunas otras, que parecen formar parte del nuevo material que está por llegar, ampliaban el horizonte sonoro para no caer en la repetición de la fórmula. Buen concierto para levantar a todo un festival y ver por primera vez en directo a una de esas bandas que darán que hablar en los próximos años.

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Llegaba el momento de Lola Young, la mayor sensación juvenil y la artista con más impacto actual de todo del cartel. Uno de esos talentos precoces como pocos que, pese a sus 24 primaveras, ya lleva en la industria profesional desde 2019.

Con un registro vocal que tiene un poso personal irrefutable, que le abría las puertas al Olimpo de las divas del neo-soul, su música vira hacia el pop más mainstream perdiendo algo por el camino. Y lo cierto es que no sabría decir bien qué es, pero me suena todo a canciones de los 40 Principales que ya he escuchado muchas veces antes. Y aunque esto, por sí mismo, no tiene por qué ser algo necesariamente peyorativo, lo cierto es que no logro conectar en nada de lo que me intenta transmitir. No obstante, no sería así para buena parte del público, que respondía con fulgor ante el recital de la británica.

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Bastante tibio me dejaría también el concierto de Portugal. The Man. La banda estadounidense, cuyo nombre y su relación con el país luso es meramente anecdótica, desplegaba en el escenario su rock de tinciones psicodélicas dejando al menos algún destello de brillantez. Lo malo es que llegarían todos al final. ‘Glide’ y, sobre todo, la incontestable ‘Work All Day’ que despachaban justo a continuación, dejaban por fin ver algo de ese flow que se le presupone a su sonido de estudio.

Poco antes, en ese ping pong de ritmos y escenarios, Soft Play nos habían cargado un poco las pilas con su hardcore y punk directo a la cabeza. Aunque lo que hacen también lo hayamos oído mil veces antes, es de valorar la crudeza que consiguen imprimirle al directo dos tíos provistos únicamente con una guitarra, una batería y dos micros. Sencillo y efectivo, sin florituras de ningún tipo.

Mucho antes, durante la jornada en el río, los rumores comenzaban a propagarse a gran velocidad; Maruja, una de las bandas más prometedoras del underground, cancelaban su concierto en Paredes de Coura sin esgrimir muchos argumentos de cara al público. La difícil papeleta de sustituirles, o mejor dicho, el regalazo para ellos, recaía sobre el grupo de Braga, Travo. La banda, que ya habría tocado el martes en el pueblo, como parte de los conciertos de la jornada inaugural, tendría una oportunidad de oro en el escenario secundario del Paredes, justo en el penúltimo hueco de la velada.

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Cargados de ganas, jugando en casa y dejándose todo sobre las tablas, la banda aprovechaba al máximo la ocasión y nos pasaba por encima a base un de psych-rock arrollador. Una apisonadora que desataba una vez más la locura en la pista, devolviendo las imágenes de cuerpos al aire que se mecían sobre decenas de manos hasta llegar al foso, donde eran recogidos por los equipos de seguridad y devueltos a la batalla sónica. Pura lisergia en el que sería en uno de los grandes descubrimientos del festival para los profanos de la banda. Travo salían ovacionados y erigidos en Coura como los héroes de una jornada intermitente.

Apurando hasta el final nuestra estancia en el festival, tocaba echar el cierre con The Hellp. El dueto norteamericano devolvía la necesaria dosis de electrónica al Paredes y lo hacían por todo lo alto. Mezclando todo lo que pillaban a su paso, combinaban canciones suyas con instrumentales de bandas como Oasis, así como con unas voces procesadas que eran metidas en riguroso directo. Un coctel que lograba sonar orgánico, y en el que entraban desde el breakbeat, al acid house o el synth pop. Fiesta total para poner el broche de oro a nuestra aventura en otro Paredes de Coura, al que ojalá volver una y otra vez.

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