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Kevin Morby y el viaje de vuelta a casa
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Kevin Morby y el viaje de vuelta a casa

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Kevin Morby publicaba el pasado 15 de mayo “Little Wide Open”, el que es ya su octavo disco largo de estudio, si dejamos fuera de la ecuación publicaciones en la que revisaba algunas de sus canciones, bandas sonoras o los numerosos singles independientes que ha ido publicando. También los discos en los que participó, como bajista de Woods en su primera etapa o compartiendo protagonismo con Cassie Ramone en The Babies. Una carrera que se extiende a lo largo de unos quince años, bastante prolífica en contenido, mucho más en calidad y con la que parece haber llegado a un lugar definitivo con esta última publicación.

“Little Wide Open” es la tercera parte de lo que se ha definido como la trilogía del medio oeste y en la que Morby regresa a su Kansas natal después de haber pasado por ambas costas del país norteamericano y haberse impregnado de toda la música y experiencias que se ha ido encontrando por el camino. Es un disco que parece cerrar una etapa. También abrir otra en lo vital, ya que Morby acaba de ser padre junto a Katie Crutchfield, conocida por todos como Waxahatchee, otra de las grandes voces de ese folk-rock americano, con ecos country y con un enorme poso adquirido de la escena indie de finales de siglo. Eso también lo comparten ambos músicos. 

Pero, antes de profundizar en este “Little Wide Open”, desencadenante definitivo de este texto, vamos a viajar al pasado para repasar la que, para mí, es una de las discografías más sólidas del rock contemporáneo. 

Salir de Nueva York con varios discos bajo el brazo.

Con tan solo 17 años, Kevin Morby deja los estudios y se marcha a la gran ciudad a buscarse la vida como músico. Allí pasará unos años tocando, como ya hemos dicho, con Woods y The Babies, hasta que decide emprender su carrera en solitario. Con 24 años publica en el sello Woodsist, de su amigo y fundador de Woods, Jeremy Earl, “Harlem River” (2013), un disco totalmente impregnado del ambiente de la ciudad norteamericana de los rascacielos. Sorprende ya desde el primer momento la madurez de unas letras que abordan temas que serán recurrentes en su discografía, como la pérdida, la muerte (‘The Dead They Don’t Come Back’) o la ansiedad generada por sentirse solo en una gran ciudad. Sobre ello versa el tema que da nombre al disco. Una canción monumental, oscura y llena de vaivenes, con una duración de más de nueve minutos en la que Morby casi ruega a las aguas de este pequeño y sucio río que atraviesa parte de la ciudad que lo absorba y absuelva. Es tal la sensación de angustia del músico que no tarda en abandonar la ciudad para mudarse a la otra punta del país.

Instrumentalmente, el disco sienta las bases del sonido que le va a acompañar en esta primera etapa. Una especie de folk-rock crudo, con mucha presencia de guitarras, la voz al frente e influencias que van desde el Bob Dylan eléctrico hasta grupos como The Velvet Underground o el propio Lou Reed en solitario.

Tan solo un año después de “Harlem River” llega “Still Life” (Woodsist, 2014). Aunque se publica con Morby ya asentado en Los Ángeles, la creación del disco nace inspirada por el viaje que le lleva a atravesar el país de costa a costa por carretera. Otra cuestión que estará presente en toda la discografía de Morby es precisamente esa búsqueda de la inspiración a través de largos viajes en coche. La muerte desde un punto de vista de aceptación sigue estando muy presente en un trabajo en el que repite Rob Barbato en labores de producción y un esquema sonoro al que va introduciendo nuevos matices. Empiezan a aparecer coros más cuidados y arreglos de viento en temas como ‘Parade’, anticipando ese sonido más rico al que se dirige. 

Dead Oceans, Sam Cohen y todas las cartas sobre la mesa.

El éxito del disco en el circuito alternativo y las buenas críticas recibidas hicieron que fichara por el sello Dead Oceans, con quienes sigue trabajando a día de hoy, para publicar sus siguientes referencias. La primera de ellas fue “Singing Saw” (2016), un trabajo crepuscular y taciturno, que nace de los paseos nocturnos por las colinas de Los Ángeles, ciudad en que la que sigue por aquel entonces asentado y viviendo en soledad. Como ocurrió con “Harlem River” y New York, la ciudad vuelve a marcar el tono de sus canciones.

Pero tan importante como la ciudad es la entrada de Sam Cohen en la ecuación sonora. El músico texano no solo ejerce como productor sino que colabora en la grabación tocando varios instrumentos y llevando el sonido de unas canciones que, aunque bien podrían funcionar completamente desnudas, alcanzan así otro nivel. Abundantes vientos, cuerdas, pianos y hasta unos coros gospel enriquecen las composiciones, tomando como mayor influencia el disco «Street Legal» de Bod Dylan, como afirmaba el propio Morby en este artículo.

Sin duda es este el disco más redondo de Kevin hasta el momento y, para muchos, la mejor obra de su discografía. Desde luego, la cantidad de temazos que contiene es impecable, con canciones como ‘I Have Been to the Mountain’ y su festival de acústicas, vientos y coros, las hipnótica y psicodélicas ‘Singing Saw’ y ‘Destroyer’, la ascendente y épica ‘Water’ o ese hit incontestable que es ‘Dorothy’, dedicada a la guitarra que le acompaña. También su control de los tiempos y las intensidades lo convierten en su obra más completa. En cuanto a las letras, Morby sigue abordando los temas habituales de su discografía pero se asoma también a la actualidad, inspirándose en temas como el asesinato racista de Eric Garner a cargo de la policía para la ya mencionada ‘I Have Been to the Mountain’.

Por si no ha quedado todavía claro, la productividad de Morby es siempre altísima. “City Music” (Dead Oceans, 2017), su siguiente disco, se compuso en parte a la vez que el anterior y en parte en la extensa gira de presentación del mismo. Para su grabación, utilizó a la banda que le acompañaban en dicha gira y se registró en muy pocas tomas, con el propio Morby, junto al tristemente fallecido Richard Swift, a la producción.

Como si quisiera mostrar en él una cara diametralmente opuesta de su sonido, en este abandonaba las florituras para ofrecernos un disco de rock and roll crudo y directo. Como afirmaba en una entrevista a Vice, si “Singing Saw” era Bob Dylan, “City Music” sería Lou Reed. También los Ramones, a los que rinde homenaje explícito en ‘1234’, o Television, a los que parece invocar en sus constantes juegos de guitarra con Meg Duffy, sin duda su mejor socia a las seis cuerdas. Ahí están temas como ‘Aboard My Train’, ‘Tin Can’ o  la propia ‘City Music’ para demostrarlo. Un disco inmediato y que funciona a la perfección en su sencillez rockera. 

Y como si cada disco fuera naciendo como una respuesta al anterior, dos años después llega “Oh My God” (Dead Oceans, 2019), la que es su obra más ambiciosa y rica en instrumentación hasta la fecha. A pesar de su título, Morby se harta de decir en las entrevistas de la época que no es una persona religiosa, aunque sí espiritual, pero que se dio cuenta de que era una expresión que utilizaba constantemente. En esta nueva obra, Sam Cohen vuelve a tomar los mandos de la producción y la banda deja de lado su parte más eléctrica para poner en primer plano voces, coros góspel, órganos, vientos y el saxo, instrumento que llega para quedarse en el equipo de Morby, incorporándolo incluso al directo en sus giras. No quiere decir esto que las guitarras desaparezcan totalmente y siguen presentes en temas como ‘Seven Devils’, pero dan un paso a un lado para demostrar que las melodías han sido siempre lo más importante en las canciones del músico de Kansas.

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El disco está rodeado además de un espíritu conceptual, con frases y melodías que se van repitiendo en varios momentos y que comienza a utilizar ya un tiempo antes. Concretamente, en 2016, cuando lanza el single independiente ‘Beautiful Strangers’. Una canción que nace tras varios actos de violencia alrededor del mundo, como el atentado en la sala Bataclan, de Paris, o el tiroteo en el club Pulse, de Orlando. Es por ello que todos los beneficios obtenidos con el single son destinados a la asociación contra las armas Everytown for Gun Safety.

Y lo que podría ser una mera anécdota musical, como suele pasar con este tipo de canciones, no solo sirvió para inspirar una obra posterior como «Oh My God», sino que se convirtió en una de las mejores canciones de su discografía. Tanto es así que, recientemente, ha sido versionado por toda una leyenda como Mavis Staples, a quien le ha servido para ganar un Grammy. Todo un orgullo para Morby.

Aquí podéis verles juntos interpretándola en compañía de su amigo Nathaniel Rateliff. Pero, sin duda, me quedo con esta versión a su paso por el programa de Jimmy Kimmel, con toda la banda desplegada dejando claro las virtudes del proyecto musical que venía formando durante años Morby.

La trilogía del medio oeste americano.

Tan solo un año después de la publicación de «Oh My God» arranca la etapa que nos ha traído hasta aquí, la bautizada como trilogía del medio oeste americano. Una vuelta a casa que, como todo lo que ha ido pasando en la vida de Morby, marca profundamente el sonido de sus canciones. Cansado de las grandes ciudades y con la idea de tener un hogar tranquilo al que regresar tras girar y girar por todo el mundo, Morby da forma en su casa de Kansas City a una serie de canciones que graba en un cuatro pistas y que lleva después a los estudios Sonic Ranch. Tan íntimas y suyas son estas que es el propio Morby quien ejerce de productor, con la ayuda de Brad Cook, músico al que llega a través de Waxahatchee y junto a quien toca prácticamente todos los instrumentos en el álbum. Tan solo algunos invitados, del nivelazo de James Krivchenia, batería de Big Thief, o la propia Katie, se asoman por estas canciones además de ellos dos.

El resultado es “Sundowner” (Dead Oceans, 2020), un disco desnudo y crudo. Profundamente emotivo y, aunque menos directo que sus antecesores, es un trabajo que va ganando con cada escucha. Aunque todo el disco se compuso antes de la pandemia, parece la banda sonora ideal para ella. Y es que, como el propio Morby explicó, “fue un disco creado en un momento de aislamiento”.

Tras la crudeza de “Sundowner”, Morby vuelve a aliarse con Sam Cohen para recuperar las guitarras eléctricas y una instrumentación rica que vuelve a incorporar arreglos orquestales (‘A Random Act of Kindness’, ‘Five Easy Pieces’) y vientos, aunque sin dejar de lado algunos pasajes de cierta desnudez. Este nuevo disco viene marcado temáticamente por una urgencia médica que casi acaba con la vida del padre de Morby, lo que le lleva a reflexionar, aún más si cabe, sobre la muerte, el paso del tiempo, la importancia de la familia o la soledad. Todo un retrato de la vida en una serie de polaroids sonoras reunidas bajo el acertado título de «This is a Photograph» (Dead Oceans, 2022).

En esta ocasión, se desplaza hasta Memphis para grabar el disco junto al río Mississippi y, como siempre, el lugar impregna las canciones. El sonido y la mística de la ciudad se cuelan en el rock garagero de temas como ‘Rock Bottom’ y cuenta con colaboraciones de músicos locales y reputadas voces de la ciudad, como la de Erin Rae. También encontramos en sus letras referencias directas a las muertes de artistas y personajes históricos que tuvieron lugar allí, como son las de Jeff Buckley, Jay Reatard o Martin Luther King. De nuevo, la ciudad condicionándolo todo. Aún así, no se trata para nada de un disco oscuro ni trágico. Es más bien todo un canto a la vida, al hecho de estar aquí, presentes, y seguir disfrutando de ella el tiempo que nos quede.

El disco viene acompañado de una exitosa gira mundial, en la que, acompañado de una banda sólida, con arreglos de viento y coros femeninos, Morby termina de redondear su sonido. Por aquí tuvimos la suerte de presenciar su puesta en escena en el desaparecido festival madrileño Tomavistas.

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«Little Wide Open»

Y llegamos, ahora sí, a su última referencia, “Little Wide Open” (Dead Oceans, 2026), un disco en el que parece haber terminado de cuadrar el círculo y llevar todas esas influencias sonoras de su ultima etapa al máximo nivel para cerrar esta involuntaria trilogía sonora.

Sorprende que, para llevarlo a cabo, haya contado con un productor como Aaron Dessner, con quien no había trabajado hasta ahora. Conoció al miembro de The National cuando compartieron escenario y la conexión fue inmediata. Como tantas otras veces, Morby no solo se pone en manos de una figura externa que produzca el disco, sino que lo invita también a participar instrumentalmente en él. Y, aunque poco tiene que ver este disco con el sonido de la banda que forma Dessner, en la calidez, limpieza y cuidado de los arreglos sí que muestran una mirada común.

Aparentemente algo falto de singles claros, cuanto más escucho “Little Wide Open” más tengo la impresión de que es el mejor disco de Kevin Morby. O, al menos, uno en el que ha sabido concretar definitivamente todas sus inquietudes musicales. Con él debería entrar en ese otro nivel de músicos de rock contemporáneo que han acercado a la actualidad el sonido de los grandes clásicos de la canción americana sonando modernos, actuales y relevantes. Lo demuestra en canciones como ‘Natural Disaster’, preciosa en su crudeza inicial instrumental, con un final guitarrero épico y expansivo y con la colaboración en la parte intermedia de toda una figura como Lucinda Williams, quien parece entrar en escena para confirmarlo: Kevin, eres el elegido.

Esta canción, junto con el tema que da nombre al disco, toda una epopeya en forma de medio tiempo de casi ocho minutos, podrían ser la definición perfecta de lo que Morby propone aquí. Un trabajo que parece partirse en dos, con el tema homónimo separando una primera parte más directa, guitarrera y con el respaldo de una banda, de una segunda que abre definitivamente los brazos al folk más desnudo. Algo que el propio Morby definía de esta manera tan visual y lúcida en su entrevista para Stereogum: “Siento que la primera mitad es más, digamos, cargada de batería y de banda completa. Me gusta pensar que pones el disco en una ciudad o en un pueblo pequeño, y que cuando ya has salido conduciendo de ese lugar, estás justo a mitad de “Little Wide Open”. Y a partir de ahí entras en una especie de gran espacio abierto para el resto del álbum. Así es como lo veo”.

Así, en la primera nos encontramos con singles como ‘Javelin’, optimista y soleada, más pop que cualquier otra cosa, o ‘Die Young’, con su lenta cadencia acústica y sus delicados arreglos de cuerdas. Puro bienestar sonoro. También sutiles ramalazos de distorsión, como los de ‘All Sinners’ o esa increíble ‘100.000’, con una letra que nos clava en el cerebro imágenes como la de esos chicos feos trabajando en su coche mientras escuchan discos de Metallica y unos juegos de guitarra muy Television que desembocan en el abrasador solo de Meg Duffy, colaboradora aquí de manera puntual tras formar parte de su grupo durante años.

Por otra parte, la segunda mitad del disco nos hace agudizar el oído para escuchar el rasgueo de las cuerdas en temas tan desnudos como ‘Cowtown’, con la frase “no one’s making a sound except for me and this guitar” apareciendo casi como un juego, o de los cruces de voces de ‘Junebug’. También disfrutar del ambiente country trotón de ‘I Ride Passenger’. Y, por supuesto, despedirnos de él con esa maravilla que es ‘Field Guide for the Butterflies’, otra composición con la voz de Morby al frente y una letra que nos llena de nuevo de imágenes, de carreteras secundarias, de mariposas y de la vida a campo abierto. 

Lo único malo de tanta genialidad es que vivimos con el miedo constante a encontrarnos con el tropiezo de un músico, hasta ahora, infalible. Todos los grandes tienen alguno. ¿Podrá ser Morby quien rompa la regla?  

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