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Festival Paredes de Coura 2024 (Portugal)
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Festival Paredes de Coura 2024 (Portugal)

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Para cualquier persona rodada durante muchos años en eventos musicales de todo tipo, no es fácil seguir descubriendo lugares en los que sentir esa fascinación primigenia. La sensación de encontrarse inmerso en algo diferente. Aún recuerdo con emoción la pasada edición del Paredes de Coura, en la que quedaría maravillado con una forma muy particular de relacionarse con la música. Inimitable dentro del panorama festivalero internacional, Paredes de Coura volvía a colocarse en nuestro calendario como una de las citas musicales imprescindibles de este verano.

Una edición en la que brillaría una programación valiente, que no dudaba en colocar como grandes cabezas de cartel a bandas aún jóvenes, incluso por encima de leyendas seminales del rock. Siempre con dos únicos escenarios, permitiendo al público poder disfrutar si lo desea de todas las bandas. Una apuesta que continúa dejando espacios de calidad en los que abrirnos puertas a propuestas emergentes, muchas de ellas con sabor local y en la lengua de Pessoa.

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En varios idiomas resonaría también durante todo el festival una consigna replicada tangencialmente tanto arriba como debajo de los escenarios; la condena unánime del genocidio en Palestina. Sin medias tintas. Todo en medio de una organización casi perfecta, a la que solo se le puede reprochar algunos esfuerzos más en materia de accesibilidad, por otra parte, siempre complicados en ese anfiteatro natural ladera abajo, que es parte indisociable de la personalidad del recinto.

Jueves, 15 de agosto.

Nuestra aventura comenzaba dando el relevo a una primera jornada de toma de contacto, en la que a última hora se caerían Bar Italia y serían sustituidos rápidamente por una enérgica banda portuguesa; 800 Gondomar. Nos habría encantado verles en acción pero en otra ocasión será. Ya el jueves, y desde el comienzo de la tarde, a quienes no nos perdíamos era a los también lusos, Quadra. La banda de Braga prendía la mecha en la pista con unas canciones bailongas a ritmo de un electropop vitaminado, en el que entra desde la psicodelia hasta el italo disco. Primer buen hallazgo musical que nos dejaría este Paredes de Coura.

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Turno entonces para las texturas de guitarras de Deeper, otra de esas formaciones poco conocidas en la península, pese a que esta misma semana pasarán por el vecino festival malagueño, Canela Party. Desde Chicago, su música parece oscilar entre los pasajes más negroides de The Cure, con gruesas líneas de bajo y esa forma tan particular de lanzar las frases con reverb, y un puntito de guitarras donde se cuela el lo-fi o incluso el emo. Particulares a su manera, con baterías milimétricas y unas segundas y terceras voces en las que participaban todos los miembros de la banda, Deeper hacía que nos quedásemos con más ganas de saber de ellos y seguirles la pista.

Con el sol de cara poniéndose entre los árboles frente a la enorme ladera de césped de Paredes de Coura, las vibras tranquilotas de Gilsons convertían el escenario principal en algo parecido a una sentada hippy. Un público que pese a disfrutar del concierto mayoritariamente sentado, permanecía íntimamente vinculado a un recital repleto de bossa nova, jazz, o de ese género ambiguo para cualquiera que no sea brasileño, denominado por consenso cultural como MPB (música popular brasileña). No seré yo quien cambie las etiquetas. Sea lo que sea, con su música carioca, Gilsons nos transportaban a otras latitudes, culminando con una de las escenas más icónicas que dejaría el festival: toda una ladera repleta de personas sentadas, fundiéndose en una gran ola de brazos al aire que se mecían de derecha a izquierda, una y otra vez mientras se cantaban los coros.

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Un nuevo cambio al escenario secundario, que se haría más grande que nunca para recibir a Wednesday. Sin duda una de las bandas que más ganas tenía de ver de todo el cartel. Con varios discos editados de manera casi consecutiva pero con apenas repercusión, no sería hasta el pasado año cuando Karly Hartzman y los suyos se convertirían en una de las revelaciones de la temporada firmando un álbum intachable. La magnética voz de Hartzman, capaz del susurro y del alarido, comandaba una actuación apabullante, donde el noise y los guitarrazos se daban la mano con pasajes de country-folk y rock cercanos a los universos de Big Thief o una versión actualizada de unas Sleater-Kinney que, precisamente, les darían el relevo. ¡Bravísimas, Wednesday!

Difícil papelón el que se les quedaba a Sleater-Kinney tras un conciertazo así. Muy a lo yankee, saltaban a escena entre artificios de pirotecnia y un sonido aplastante, tanto es así que en las primeras filas llegaría muy sobrepasado de decibelios, convirtiendo el truco en poco menos que un tormento para los tímpanos. Regulando poco a poco su intensidad, la mítica formación femenina desplegaba su rock con sabor a bourbon, con esos matices propios de la música de raíces americanas que siempre han sabido llevar varios pasos más allá. Un directo correcto que, sin embargo, no conseguiría emocionarme ni lo más mínimo.

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Mucho más variadas y fresquitas sonaban las melodías cumbieras de Los Bitchos. Divertidas y atesorando un groove imparable que suplía cualquier registro vocal, nos ponían a mover los pies de principio a fin, calentando la maquinaria del baile para la llegada de L’Impératrice, otra de esas bandas referentes en la segunda jornada del festival. Con una puesta en escena de ciencia ficción, la nave espacial de L’Impératrice levantaba vuelvo al primer acorde, con esos ritmos profundamente arraigados al mediterráneo. Italo disco, balearic y, cómo no, mucha influencia del funk y la electrónica francesa convierten su caleidoscopio de sonidos en la cima del buen gusto.

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Visiblemente emocionadas, la banda francesa agradecía desde las tablas el cariño y la confianza, al tiempo que recordaban haber dado en ese mismo escenario, hacia ya algunas ediciones, el concierto más importante de su carrera. Una historia de amor correspondida con el público luso, que llevaría en volandas esa nave hasta un final épico, con temas como ‘Agitations Tropicales’ desencadenando el éxtasis colectivo. ¿Alguna vez se habían visto personas volando sobre las cabezas en un concierto de nu-disco? Parece que aquí en Paredes es posible incluso lo imposible.

De lo festivo a lo crepuscular para asistir al recital de tenebrismo de Protomartyr. Con una discografía difícilmente clasificable, en la que te encuentras desde hits de guitarras vibrantes hasta canciones inquietantes y profundamente poéticas sobre los bajos fondos de la condición humana, en directo todo se junta con la visceralidad precisa. Con un Joe Casey siempre grave, lata de birra en mano y como maestro de ceremonias de este extraño ritual, buceaban en la psique con temas como ‘Processed by the Boys’ o ‘Why Does It Shake?’. También metían la directa en cortes tan incontestables como ‘The Devil in His Youth’ o ‘Pontiac 87’, para terminar brindando a la noche de Paredes un exorcismo digno de contemplar.

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Tras semejante lavativa emocional, no sería capaz de reconectar con el ídolo juvenil, Slow J. Jugando en casa, el rapero portugués se revelaba como una de las grandes motivaciones del día, para un público plagado de seguidores que se agolpaban con fulgor en las primeras filas cantando cada una de sus rimas. Con su música de fondo pondríamos punto y final a esta primera jornada de nuestro itinerario.

Viernes, 16 de agosto.

En medio de un cartel tan ecléctico como este, me generaba curiosidad ver en las distancias cortas el show de Nourished By Time. Pop sintetizado con alma de R&B, la propuesta escénica del Marcus Brown (nombre tras el pseudónimo) le coloca solo frente al púbico, con un sintetizador y su cálida voz como únicos argumentos artísticos. Y parece ser suficiente para conectar con una audiencia que se mecía en sus texturas ochenteras. No ocurriría lo mismo con unas Nouvelle Vague que centran todo su repertorio en versiones de clásicos del new wave y el punk, pasadas por el filtro rebajado de la chanson francesa. Un giro artístico que me resulta de lo más prescindible, y más aún en un festival con una impronta tan marcada por la originalidad.

Unos que van sobrados de carisma son los Allah-Las, grupo que por distintos caprichos del destino aún no había podido escuchar en directo pese a mi debilidad por esas canciones de rock desértico. Allí donde el garage, el surf y la psicodelia se cruzan para tejer un imaginario común en el que es imposible no entrar para cantar puño el alto, ya sean los coros o incluso los riffs de guitarras. Quién se puede resistir a las melodías de cortes como ‘Catamaran’, ‘Sandy’, ‘Busman’s Holiday’ o la reciente ‘Jelly’, con ese laid back stoniano en las guitarras que es pura melaza para las tardes de verano. Sin duda, uno de los conciertos más divertidos que dejaría el día.

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Sin dar permiso a los fotógrafos para inmortalizarla, quejándose de la fuerte iluminación y en varios momentos del sonido, la compleja Cat Power saltaba al escenario principal de Paredes de Coura con muchos requerimientos pero con las ideas muy claras; intentar hacer un concierto lo más íntimo posible. Y no sería este un descalabro grotesco, como el de otras divas como Lana del Rey en el pasado Primavera Sound. Cat Power terminaba por canalizar todos aquellos caprichos para dar sentido a un directo por momentos sobrecogedor, con un repertorio que hacía suyas las canciones de Bob Dylan para dar testimonio de una biografía descarnada.

Al amparo de una agrupación con más clase que un colegio, sonaban ecos a The Band mientras la cantante clavaba cada frase con ese latido soul que aún emerge de su gran voz. Solo sus propias inquietudes impidieron hacer de este uno de esos conciertos legendarios que recordar de por vida. Aún así, me quedo con la definitiva ‘Like a Rolling Stone’, cantada desde algún lugar en lo más profundo de sus entrañas y replicada con igual pasión por todos los presentes.

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Mucha más excitación se palpaba en torno al escenario principal para recibir a Girl in Red quien, a juzgar por los gritos de histeria del público, es ya uno de los fenómenos más imparables del pop-rock juvenil. Una especie de heredera de Avril Lavigne que, adaptada a su tiempo, ha sabido  conectar de pleno con toda la generación que la eleva como referente. Sus canciones, que apelan directamente a los derechos LGBT, al feminismo y al romanticismo más adolescente, sonaban apabullantes en medio de una puesta en escena que no renuncia a todos los trucos del rock de estadios: fuego, maquinas de humo o bengalas para subir aún más la temperatura en las primeras filas. Desde fuera de esa euforia incondicional del fan, y pese a ser este un concierto sólido, tal vez se echa en falta algo más en una propuesta que solo el tiempo dirá cómo y hacia dónde evoluciona.

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Bajo el paraguas del dream-pop, pero coqueteando con ojo y medio en el lo-fi o el post-punk, Beach Fossils son otra de esas rara avis difíciles de ver en la península, siendo uno de esos conciertos marcados en amarillo en nuestra agenda. Sus texturas oníricas mecían al respetable en temas como ‘May 1st’, o aceleraban el pulso en otros como ‘What a Pleasure’ o ‘Chrashed Out’. Convencían a propios y extraños, y por aquí nos encantaría ver de nuevo a la banda de Brooklyn en las distancias cortas de una sala.

Momento ahora para abrocharse los correajes ante el aluvión de intensidad que se nos venía encima. Seguramente una de las bandas actuales más salvajes en directo. Desde su gestación, Idles son sinónimo de pogos extremos, en los que hay que saber bien que si entras, no tienes todas contigo de volver de una pieza. Tanto es así que la banda lleva algo parecido a su propio jefe de «seguridad de masas», con la única misión de evitar avalanchas o daños mayores. Y es que si bien han sido capaces de conseguir acercar el punk al mainstream, llenando recintos gigantescos y llegando a nuevos públicos menos habituados a sonidos aparentemente tan duros, no hay que dejarse engañar; sus directos son punk con mayúsculas.

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Bastaban unos pocos minutos para que Joe Talbot lanzase su micrófono, como un lazo de cowboy, al cuello de Lee Kiernan y toda la pista se transformase en una marabunta de personas enloquecidas. Una tónica que duraría todo el concierto y en la que la banda forma parte activa, adentrándose ellos mismos entre el público. Es sorprendente ver a sus guitarristas tocando en medio o encima de la multitud sin fallar una nota, desapareciendo por momentos como lo haría un pequeño barco pesquero entre las gigantescas olas de una galerna. Una enajenación colectiva en la que también hay mucho mensaje social, reclamando una vez más y con la fuerza virulenta de los elementos, el fin inmediato del genocidio palestino y la liberación de su pueblo. También con trallazos como ‘Mother’ o una ‘Danny Nedelko’ desgraciadamente actual en estos tiempos de racismo creciente en medio mundo. Cerraban así uno de los hitos musicales del festival, además del concierto más político de esta edición, sin edulcorar ni un ápice su esencia. Como debe de ser cuando te sitúas frontalmente contra la barbarie y la injusticia.

A pesar de las horas y el desgaste, aún quedaba adentrarse en el rock tuareg de Mdou Moctar. La suya es una de esas músicas del mundo que sigue coordenadas sonoras a las que estamos, en general, muy poco habituados en Occidente. Sus inspiraciones siguen la huella en las dunas de otras leyendas del género, como mis queridísimos Tinariwen. Una música entre el rock árido, la lisérgica y el blues del desierto, en la que puede costar tanto entrar como salir, en medio de esos bucles infinitos de pura jam, tan extensos como las dunas del Sáhara. Por desgracia no sería esta la ocasión en la que entraría de lleno en este viaje. La agrupación saltaba a escena sin los deberes hechos, afinando sobre las tablas y con un sonido donde las voces quedaban totalmente empastadas. A esas horas de la noche no hay tiempo para pruebas.

Sábado, 17 de agosto.

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Llegaba el colofón a Paredes de Coura con un último día repleto de conciertos interesantes a los que acercarse, comenzando en nuestro caso por el de Baxter Dury. Con sus pintas de haber estirado más de la cuenta eso que los pijos llaman ahora afterwork, el británico hacía crecer en directo unas canciones que resultan más insípidas en su versión de estudio que en el cara a cara. Dury es un showman total, que baila, se quiebra y actúa a ritmo de funk y de ese spoken word casi profético. Mención aparte merece una Fabienne Debarre que lanza sintetizadores y, sobre todo, unas voces que elevan la propuesta varios puntos. Gran forma de comenzar otro día de música en la pradera de Paredes.

Más plano resultaba el cancionero de unos Hotline TNT, que pese a que se lo dejaron todo en el escenario, no conseguían romper con una cierta distancia con un público que se encontraba aún desperezándose. Sin ser este un mal concierto y sin nada que reprocharles, no encontrarían esa magia que debe tener un directo para enchufarte a él y no querer que acabe.

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Vuelta al escenario principal para rememorar una de las leyendas del shoegaze de la mano de Slowdive. Como es habitual en ellas, se presentaban en sociedad con un sonido perfecto, donde las voces de Rachel Goswell conseguían flotar sobre la nebulosa de reverb de la banda. Pese a haberles visto en más ocasiones y no ser, en ningún caso, una de esas bandas especialmente animadas para un festival, la hora temprana y un setlist bien articulado conectaban con un público que celebraba canciones de ayer y de hoy, como ‘Star Roving’, ‘Sugar for the Pill’, ‘Alison’ o ’40 Days’. Todo delicadeza entre la bruma y el ruido.

Y lo que es pura elegancia es lo de Still Corners. El dúo anglosajón se presentaba en directo acompañado de un tercer integrante a la batería, para desplegar un buen gusto instrumental y un sonido con la capacidad de hechizarte. Gran parte de la culpa la tiene la voz de Tessa Murray, surgiendo entre los sintetizadores más ensoñadores. Pero también gracias a unas melodías guitarreras a cargo de Greg Hughes, las cuales parecen coser lazos entre el dream pop y ese tono con el que Mark Knopfler y sus Dire Straits redefinieron el sonido de las guitarras hace ya más de 40 años. Una de esas actuaciones en las solo quieres cerrar los ojos y disfrutar del momento, rezando para que no termine.

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Después de haber vuelto a flipar con ellos en uno de los mejores directos en lo que va de año, hace solo unos meses en Tomavistas y antes de editar su último álbum, me reencontraba cara a cara con The Jesus and Mary Chain, seguramente una de mis bandas favoritas de la historia. Con las expectativas por las nubes, los hermanos Reid comenzaban el recital con ruido y canciones directas a la yugular. Tras la reciente y digna ‘Jamcod’, ponían rumbo a la nostalgia con ‘Head On’ o ‘Happy When It Rains’. No obstante, con un disco insípido recién estrenado y un tiempo de set de poco más de una hora, la banda de Glasgow pinchaba intentando conciliar presente y pasado, haciendo que su ya de por si recortado setlist, se viese demasiado cargado de nuevas canciones que, sin ser malas, están a años luz de todo el resto de su discografía.

Por desgracia me vuelve a revolver el debate interno que surge de manera natural cuando pasan los años por algunas de las bandas sonoras de tu vida: renovarse y no renunciar a la creatividad del artista, o recrearse en la nostalgia de un pasado inigualable por cualquier futuro imaginable. Tal vez soy infantil o incluso egoísta, pero me encantaría que algunas bandas siguiesen girando y no volviesen a sacar discos jamás. Con un legado así, tampoco hay necesidad. Como no podía ser de otra manera, los momentos más lúcidos del concierto llegarían de la mano de cortes como ‘Sidewalking’, ‘Taste of Cindy’ o una ‘Just Like Honey’ en la que invitaban a cantar a Rachel Goswell, a la que apenas escuchamos pero agradecimos el gesto. Más comunicativo que nunca antes, un alegre Jim Reid agradecía al público de Paredes su presencia y se despedía hasta más ver. Y pese a este traspiés, allí me gustaría estar una y mil veces más.

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Por primera vez en Portugal, Superchunk ponián sobre las tablas el secreto de la eterna juventud. Da igual los años que pasen por ellos y sus canciones, que siguen sonando con la frescura del primer día. El power-pop más luminoso de rolas como ‘Learned to Surf’, ‘On the Floor’ o ‘Driveway to Driveway’ sonaba impecable ante una audiencia que agradecía cada riff moviendo las cabezas. Su concierto quedaría algo enrarecido por el nerviosismo palpable en el ambiente, tocando justo antes que una de las grandes bazas de todo el festival, y con la urgencia de coger un buen sitio antes del final de Superchunk. Son una bandaza y a buen seguro conquistarían nuevos seguidores en su primera visita por tierras lusas.

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Y ahora sí, llegaba el momento más esperado por muchos. Para quien escribe estas letras, Fontaines DC son la banda del momento. Los de Dublín llegaban a Paredes de Coura en un punto de inflexión, tras firmar tres discos sobresalientes y con varios adelantos de lo que estaba por llegar, ya publicados y contándose por hits. Seguramente están en lo más alto de la ola. Ese punto crítico en todo proyecto musical, en el que parece que, por fin, todo lo que vendrá a continuación será el gran salto. La culminación definitiva de un grupo en su máximo apogeo, llamado a marcar el devenir del rock de toda una generación.

En la noche de Paredes, unas letras colgantes con el nombre de la banda se iluminaban de verde acelerando las pulsaciones de los presentes. Bandera Palestina en el medio del escenario y los grandes protagonistas saliendo a escena entre el griterío de miles de voces. Con un sonido abrumador, Fontaines DC dejaba claro que no solo tienes nuevas canciones como la inicial ‘Romance’, sino que en este tiempo han solucionado el que a mi parecer era el gran lastre de la banda: unos directos donde la mezcla dejaba muy por debajo los graves tanto del bajo como del bombo, perdiendo así mucho empaque. Pero en esta ocasión todo estaba donde tenía que estar, preparado para pasarnos por encima sin contemplaciones.

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‘Jackie Down the Line’ o la espídica ‘Televised Mind’, con Carlos O’Connell arañando su guitarra, desataban los primeros pogos y algunas personas comenzaban a volar por los aires. Unión perfecta entre la adrenalina y la suavidad cavernosa que ofrece la voz de Grian Chatten, quien por momentos parece seguir el influjo de Liam Gallagher, con esa manera tan particular de estirar las palabras para darle nuevas connotaciones sentimentales a todo lo que canta.

Al contrario que lo que sucedía antes con The Jesus and Mary Chain, Fontaines DC aún están edificando su catedral, siguen subiendo cada vez más alto y cada nueva piedra que colocan parece mejor que la anterior. El pasado sábado en Portugal, los allí presentes pudimos escuchar en primicia varias canciones nuevas, entre ellas, una colosal ‘Death Kink’, de líneas gruesas de bajo y unas guitarras que asoman con la rabia marca de la casa. Qué decir de esa ‘Favourite’, que anticipada con su melodía inicial de guitarra, convertía la ladera del Paredes en una caldera donde cocinar la nostalgia más desgarradora. Es no solo la canción del año, sino uno de esos himnos atemporales con la capacidad de atravesarte por dentro y dejarte algo ahí. Una astilla que sigue pinchando tiempo después, mientras cantas en bucle eso de; “You were my favourite for a long time”. 

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Poco antes habían despachado otro de esos temas con los que podría estudiarse dentro de unos años la generación que les vio crecer. ‘Boys in the Better Land’, este sueño americano a la irlandesa, convertía el horizonte de la ladera en un pogo gigante, con multitud de personas volando por los aires. Ahora sí, el nihilismo adolescente que ya no solo es adolescente, sino de todos y cada uno de los allí presentes. Más finos que nunca, cerraban con ‘I Love You’ y la también nueva ‘Starburster’, otro latigazo que ponía el broche a uno de los mejores conciertos que nos dejará este 2024. Sobre gustos no hay nada escrito y cada cual tendrá sus favoritos, pero Fontaines DC son los míos.

¿Cómo recuperarse de algo así? Imposible irse a casa, imposible seguir. Salvo que te pongan delante a Destroy Boys. La banda de Sacramento, hasta ese momento desconocida para mí, nos abofeteaba para despertarnos del letargo a golpe de un punk visceral como pocos. Y es que estas tías parecen sacadas de la misma escuela que Amyl and the Sniffers y compañía. Palabras mayores… Alexia Roditis hacía grande el lema de «girls to the front», prendiendo de nuevo Paredes de Coura con su cóctel molotov de punk incendiario. Otro concierto brutal de esos que te levantan cualquier festival, de una banda a la que seguirle la pista muy de cerca.

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Solo quedaba uno más y sería, ahora sí, de electrónica. Criticado por algunos por no tener un poco más de espacio para los sonidos más electrónicos en su cartel, Paredes de Coura tal vez no programe mucho de esto, pero lo que programa es siempre sublime. Minutos antes del concierto, se desplazaba el escenario a mitad de la pista, en una especie de boiler room 360º. Allí subían a los mandos, cara a cara, Moullinex y GPU Panic, para deleitar con una sesión especialmente emotiva, donde la sensibilidad se alternaría con las rupturas de los beats más imparables. Todo ello con un espectáculo lumínico en cenital que hacía aún más simbólica la actuación. Un cenit que marcaba el melancólico final de otra edición más de un festival diferente al que siempre es un gusto volver. Un año más, ¡muito obrigado!

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