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Festival Paredes de Coura 2023 (Portugal)
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Festival Paredes de Coura 2023 (Portugal)

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Cae el mediodía en Paredes de Coura y cientos de personas con toallas y bañadores acampan a la vereda del río. La escena es idílica, un rollo Woodstock a la portuguesa. En esa postal nos encontramos a gente sola leyendo en la pradera, mientras otras toman el sol o vuelven del chapuzón. También las hay que bailan y escuchan música en un pequeño escenario. Otras simplemente comparten emociones de la noche anterior o se hacen arrumacos entre ellas.

Estamos en la jornada del jueves de uno de los festivales de música más genuinos de la península. Y es que en este Festival Paredes de Coura, entorno, público y organización han construido durante treinta ediciones algo muy especial. En este aniversario se celebra una programación rebosante de buen gusto artístico, con bandas de gran recorrido y otras de esas joyas con las que dejarse sorprender en directo. Un criterio que es, a su vez, ecléctico y con una mirada fresca a lo que está latiendo en las diferentes escenas incipientes, sin perder nunca de vista el sabor local.

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Precisamente por ahí comenzaba esta particular aventura, acudiendo al recinto más allá de la zona de acampada para escuchar lo que nos tenía preparado A Garota Não. La cantautora de Setúbal, desconocida en nuestras fronteras, contaba con una base de fieles que la acompañaban desde primera hora en esas canciones sentidas y que, en lengua portuguesa, sonaban con aún más saudade. Más bondades para un recinto y una organización que permiten disfrutar de toda su programación al completo sin solapes. Dos escenarios en alternancia perfecta, cómodos y sin masificaciones. En este relevo, y continuando la representación nacional, Tim Bernardes cautivaba con un concierto sobrio en el escenario principal. Situado este frente a una ladera que hacía de anfiteatro natural perfecto, lleno de gente sentada para escuchar a este tipo con pintas de hippy de los ’70. Sí, más rollo Woodstock.

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Llegaba el momento de The Brian Jonestown Massacre, vaya por delante, una de mis bandas favoritas del cartel. Leyendas contemporáneas del rock psicodélico, la suya sería la actuación más decepcionante del festival. Mismas sensaciones agridulces que la última ocasión en la que les vi, hace menos de un año en Madrid, agravándose aún más los mismos dolores de entonces en formato festival. Más allá de tener que pensar en un setlist adecuado para los tiempos hiperreducidos de cualquier festival (complicado para una banda a la que le he llegado a ver tocar casi tres horas de concierto), lo que no tiene explicación son los molestos parones entre temas que volvieron a asomar el pasado jueves. No sería hasta los últimos tres temas cuando Anton Newcombe pidió que les bajasen los subgraves y le subiesen la voz. Una bandaza como esta es muy difícil que suene mal, y no lo hicieron, pero les faltó continuidad y magnetismo para conectar incluso con los más apasionados.

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Por suerte, sí me sorprendían, en este caso muy positivamente, Sudan Archives. La suya era una de esas propuestas que tenía mucha curiosidad por ver cómo era trasladada al directo. Bases de trap, percusiones cambiantes perfectamente ejecutadas en pads y un violín eléctrico que mezclaba géneros y estilos. Todo ello bajo la batuta vocal de Brittney Denise Parks, maestra de ceremonias de todo esto. Su música refrenda todo lo que destila el festival; vanguardia sin caer en lo impostado y una apertura musical libre de todo sesgo.

Aparentemente más clásicos iban a resultar unos The Walkmen que se quitaban el polvo de una sacudida. Comenzaban sonando impolutos en la castellanizada, ‘Donde está la playa’. Y aquí, en la playa fluvial de Taboão, la banda volvía a escena diez años después de su parón indefinido. Asombroso recital vocal de un Hamilton Leithauser que se descolgaba como el crooner perfecto, versátil en múltiples registros y llegando a agudos y a chillidos donde se dejaba el alma para arrebatarnos la nuestra. Especialmente viscerales sonaban ‘In the New Year’ o ‘The Rat’, mientras que cortes como ‘Canadian Girl’, ‘Heaven’ o ‘We’ve Been Had’, daban testimonio de la elegancia de una banda sobresaliente. Quedan en la retina las imágenes de al menos una decena de personas sobrevolando cabezas y siendo reconducidas por la masa hacia el foso del escenario. Poco más que añadir.

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Aunque si de vueltas poco predecibles sabe alguien, esos son Desire. El dueto canadiense de synth-pop ha funcionado únicamente en dos ramalazos tan pasionales como su propia música; uno durante su debut en 2009 y otro a partir de 2020, el cual, por fortuna, aún parece prolongar sus efectos. Lo suyo fue hipnosis a primera escucha. Sus texturas deudoras de la electrónica francesa de los ’80 se combinaban con una puesta en escena altamente sugerente, tanto en los visuales como en el desempeño de una Megan Louise que redefinía el significado de la palabra ‘atracción’. Entre el deseo, la euforia y la nostalgia, temas como ‘Sad Ibiza Song’ o ‘Under Your Spell’ se daban la mano con clásicos del new wave y la música de baile como el ‘Bizarre Love Triangle’, de los siempre emocionales New Order, o el ‘Can’t Get You Out of My Head’ de Kylie Minogue, que era reivindicado sobre las tablas como himno de lo sexy. Fue uno de esos conciertos que te hacen sentir cosas.

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Sin tiempo que perder, el londinense Loyle Carner aún tenía para nosotros otro asalto pendiente. Ese que dejaba en pausa tras cancelarse, también un jueves, aquella jornada maldita del Primavera Sound de Madrid. Siendo aún una figura poco conocida más allá del circuito del rap, sus rimas y su forma de lanzarlas parecían salir directas de su corazón. Esas frases que apenas unos pocos conocían y que muchos ni entenderíamos en su totalidad, tejían costuras y nudos imaginarios que terminaban por conectarnos todos a una; a la voz de un Carner que se erigía en Portugal como una suerte de profeta totalmente elegido por el pueblo. La ladera del festival se convertía en un mar de manos al cielo que subían y bajaban al ritmo de unas bases orquestadas por una banda con un gusto exquisito, donde el jazz y el hip hop más clásico se juntaban como en los albores del género.

Para ti, que lees estas líneas, seguramente pienses que la efusividad de estas palabras es únicamente fruto del delirio. Como se dice ahora, el hype de un recuerdo bello que aún late. Pero tras días de rumiar emociones, permíteme que me reafirme en la misma idea; es, sin ninguna duda, el mejor concierto de rap que he visto nunca. Y no solo lo es por unas canciones confesionales y llenas de sensibilidad. Lo es por conseguir una emoción y una conexión con el público que solo se puede explicar en el cara a cara. Para entenderlo había que estar ahí, en medio de un bosque ante miles de personas que permanecen en silencio sepulcral mientras él rapea a capela, en uno de los cierres de concierto más abrumadores que recuerdo. Loyle Carner podría dar clases de carisma, de no ser porque eso es algo que se lleva dentro, y que no se puede ni comprar ni vender. Aún se me eriza la piel. Muchísimas gracias.

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Después de semejante aspirado emocional, era necesario recuperarnos y aclarar ideas sobre lo que acabábamos de vivir. Por suerte así lo había contemplado una organización que daba la oportunidad de aprovechar el impás para ir a degustar la gastronomía local (o cualquier otra) en unos puestos de comida a precios razonables y sin colas de espera insoportables. ¡Lo nunca visto! El resacón emocional de Carner sería insuperable en el resto de jornada, pero aún quedaba por disfrutar de buenos conciertos, como el de la camaleónica Fever Ray.

Sin ser esta una de las actuaciones que más me llamaba la atención a priori, Fever Ray hacía crecer sus canciones en el cara a cara, defendiéndolas con un recital marcadamente teatral y tan efectista como certero. Con un sentido técnico y narrativo pluscuamperfecto, la iluminación y el diseño de producción acompañaban a esas canciones extrañas, por momentos virando a su vertiente más electrónica y en otras encumbrando a Karin Dreijer Andersson como una especie de diva demoniaca del pop. La propuesta puede gustar o no, pero la calidad artística es incuestionable.

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Llegando a final de la noche y reconducidos ya a un único escenario que, aún así y de manera mágica, tampoco quedaría atestado en ningún momento, Joe Unknown se presentaba en sociedad dispuesto a encender la llama del pogo. Esa fue su misión desde el primer momento, arengando a un público maravilloso que, una vez más, volvió a tratar a sus artistas de manera inmejorable. Lo de Unknown no sabría bien si definirlo como trap punkarra o como punk trapero. Ahí anda la cosa y tampoco es importante ponerle etiqueta. Lo importante es que nos ponía a bailar y dejaba claro que su próximo paso por el Canela Party volverá a traer sudor.

Sin salir de la carpa, tocaba despedir por todo lo alto la jornada con la electrónica llena de matices de Sofia Kourtesis, quien, ya en la madrugada, cumplía años en rigoroso directo. Valga esta felicitación y todas las que recibió allí mismo, no solo por el hito en sí mismo sino por una sesión quimérica, donde los ritmos y requiebros de diferentes latitudes entraron en la mezcla de la DJ peruana. La suya en una de las personalidades que más me interesan en la escena actual de la electrónica, una de esas que borra fronteras y en la que se integran nombres como Baiuca, Barry Can’t Swim, Jamie XX y un largo etc. Kourtesis comenzaba evocando para mecernos y terminar pasándonos por encima con beats imparables. Un coctel perfecto que, de nuevo, también podrá degustarse en el Canela Party en apenas unos días.

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Mucha intensidad para una única jornada en la que sería mi primera vez en el Paredes de Coura y, si nada lo impide, la primera de muchas. Me quedo con algunos de los conciertos que marcarán musicalmente mi 2023 y con el buen hacer de una organización intachable.

Pero por encima de todo, quiero acabar esta crónica como la empezaba, con otra imagen: la del público portugués respetando la música, a los artistas y a la cultura a unos niveles que nunca antes había visto en ningún otro lugar. Estar en un festival y no escuchar conversaciones a gritos en medio de un concierto, ni vivir aglomeraciones, ni gente empujando para colarse a las primeras filas, es para cualquier apasionado de la música un auténtico sueño hecho realidad. ¡Gracias y hasta pronto!

Fotografías: Hugo Lima

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