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Festival Tomavistas 2024 @ La Caja Mágica (Madrid)
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Festival Tomavistas 2024 @ La Caja Mágica (Madrid)

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Octavo Tomavistas ya, que se dice pronto. Sobre todo, cuando el festival madrileño ha tenido que luchar contra viento y marea, año tras año, para adaptarse y readaptarse a la situación de cada momento, con constantes cambios de recinto y ese pesado lastre que es haber crecido de la mano de un lugar tan idílico como el Parque Enrique Tierno Galván. Tras su regreso allí el año pasado, en esta ocasión no pudo ser y, una vez más, tocaba reinventarse. Lo han hecho a la perfección, alojándose en una Caja Mágica que ya había albergado antes a otros festivales y que vistieron para la ocasión sin demasiadas florituras.

Por mucho que te respalde un buen cartel, como era el caso, lo que demanda el público en estos tiempos de constante maltrato por parte de algunos festivales, es disfrutar de cierta comodidad. Así ha sido en un Tomavistas sin largas esperas, sin agobios ni aglomeraciones, con buen sonido en todos sus escenarios y con algunos detalles pequeños pero importantes: puntos de agua potable, la posibilidad de acceder con comida al recinto y también de reutilizar los vasos de anteriores ediciones, por poner algunos ejemplos. Por todo ello no nos queda más que seguir confiando en la marca Tomavistas y desearles una larga vida.

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Aquí os dejamos nuestra crónica de esta edición, que tuvo lugar en dos días y con un equilibrio en su cartel entre la siempre recurrida nostalgia, con bandas como The Jesus and Mary Chain, Dinosaur Jr., Belle and Sebastian, Los Planetas o el regreso de Standstill, y grupos emergentes (o ya asentados y con una larga carrera por delante), como Alcalá Norte, Repion, Bum Motion Club o Cariño.

Viernes 24 de mayo

Mientras echábamos un vistazo al recinto y llenábamos nuestros vasos de líquido para hacer frente a un sol de justicia, el trío californiano La Luz desgranaba sus últimas composiciones ante los primeros valientes de la tarde. Acto seguido tomábamos posiciones en el escenario Johnny Walker, buscando el cobijo de la sombra que daban las primeras filas, para la llegada de Repion. El dúo formado por las hermanas Iñesta, acompañadas en directo por la bajista Iris Banegas, de Bum Motion Club, inauguraban un escenario dedicado en toda la jornada a bandas femeninas. Lo hacían a base de urgencia guitarrera, melodías pop, una batería imparable, con reventón de baquetas en el primer tema incluido, chorrazo de voz y presencia escénica.

Repion tienen todo esto y en su repaso al disco homónimo que publicaron el año pasado, a temas nuevos como ‘El día no me da’ (y alguno todavía inédito, como ‘Viernes’), y hasta con su versión de Shakira, dejaron claro que pueden llegar a cualquier tipo de público. Si estuviéramos a finales de los 90, seguro que sonarían en aquel mítico recopilatorio “Generation Next” de Pepsi, junto a bandas como Undrop, Dover o Australian Blonde, y estarían formando parte de aquella hornada de bandas que llevaron el “indie” al gran público, con todo lo bueno que esto dice de ellas.

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Igual que para muchos la celebración del 30 aniversario del “Super 8” de Los Planetas seguramente fuera el principal reclamo para asistir a este Tomavistas, para el que esto escribe lo fue el regreso de Standstill. Casi una década ha pasado desde la despedida de un grupo que me ha acompañado en cada etapa de mi vida. He crecido con ellos, musical y emocionalmente, y volver a verlos sobre un escenario hizo que volviera a sentir ese hormigueo, ese nerviosismo tan propio de la juventud y que tan difícil es volver a notar ahora, después de tantísimos conciertos a nuestras espaldas. Ya solo por eso merecía la pena estar ahí, a las siete y media de la tarde, en las primeras filas, rodeado de gente de una misma generación y con los que cantar y compartir, en perfecta comunión, la siguiente, y escasa, hora de música.

Poco tiempo pero bien aprovechado. Standstill recuperaba la formación que se consolidó a partir de “Vivalaguerra”, con Ricky Falkner al bajo, Ricky Lavado a la batería, Piti Elvira a la guitarra y percusiones, Víctor Valiente al teclado y guitarras y Enric Montefusco a la voz, para repasar aquella trayectoria tan sólida como cambiante, siempre evolutiva y alejada del inmovilismo, haciendo parada en sus cuatro discos en castellano. Arranque en constante ascenso con ‘Me Gusta Tanto’ y latigazo a la segunda con ‘Poema Nº3’, con la que dejaron claro que todo seguía en su sitio, que siguen siendo una apisonadora emocional, tan delicada como contundente.

Especialmente intensos fueron sus recuerdos al disco homónimo, con una ‘Feliz en tu día’ inmensa y cuya línea de bajo todavía resuena en mi cabeza, y la hipervitaminada ‘Cuando’, con desgarrador final que, a falta de algún viaje a su primerísima etapa, puso el ingrediente post-hardcore a la tarde. Como siempre, especialmente coreada y bailada fue ‘¿Por qué me llamas a estas horas?’, ese antihit que conectó con una generación, y también las dos versiones de ‘Adelante, Bonaparte’, una más rítmica y percutiva y la otra, esta sí, como el single festivo y celebratorio que es y que sirvió para poner fin a un concierto muy emotivo en el foso. Creo que también sobre el escenario. 

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Suele ocurrir en los festivales que se hace difícil ir de una propuesta a otra, muchas veces sin tiempo a digerir lo que acabas de ver y sentir. Tras Standstill no había tiempo para mucho más que salir corriendo en dirección al escenario principal, dónde estaban ya preparados los muros de amplis tan característicos de Dinosaur Jr. El trío, una constante en nuestros festivales desde hace años, saltaba a escena con esa actitud tan habitual en ellos, especialmente en J. Mascis, de encarar sus conciertos como si de un ensayo se tratara. No necesitan florituras para pasarte por encima y aunque Lou Barlow pone el dinamismo a la ecuación, hay una cierta sensación protocolaria que siempre les sobrevuela.

Asumido esto, no hay mucho más que reprochar a un grupo que sentó las bases de todo un sonido allá por los noventa, con unos riffs mastodónticos y unos punteos estratosféricos, y que sigue explotando a día de hoy en una nueva etapa con tan buenas canciones (o mejores) que las primeras. Su paso por el Tomavistas fue bastante democrático en un setlist con temas como ‘Feel the Pain’, ‘The Wagon’ y un final que levantó los tímidos pogos de un público bastante inmóvil con su habitual versión del ‘Just Like Heaven’, de The Cure, y ‘Freak Scene’. 

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Tras ellos llegaba el primer debate de la jornada. Tras la caída del cartel de Dry Cleaning el festival reaccionó con rapidez para anunciar la presencia de Alcalá Norte, grupo en boca de todos en las últimas semanas tras un debut fresco y pegadizo y con constante presencia en redes sociales. ¿El problema? Que su concierto coincidía con la ya mencionada celebración del “Super 8”, debut de Los Planetas publicado hace ya treinta años. Después de darle algunas vueltas apostamos por la sangre fresca y nos fuimos al escenario Tan de Madrid Como Tomavistas para ver como los de Ciudad Lineal lanzaban hamburguesas al público.

Así de surrealista empezó un concierto algo falto de decibelios y con un público un tanto disperso pero que dejó claro que Alcalá Norte tienen presencia escénica y un buen puñado de himnos incontestables, desde ‘Los Chavales’ hasta ‘La Vida Cañón’. Con ésta como cierre obligado y el público, ahora sí, completamente entregado, nos dejaron con la sensación de que van a dar mucho que hablar en los próximos años.

Texto: Iván Díaz

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Ya entrada la noche, el gran público se agolpaba en el escenario principal para ver a Editors, una de esas bandas que despuntó dentro del rock alternativo británico de los 2000’s y que nunca se fue del todo. Siempre con su particular mezcla de sonidos, que viraban las tendencias del momento hacia la oscuridad y las líneas más graves. Sin haberme emocionado nunca en estudio, los años han madurado bien en Tom Smith y los suyos, despachando en Madrid un show que haría las delicias de sus seguidores, sobrio y con la pizca exacta de energía necesaria para levantar algunos de sus estribillos más luminosos y coreables.

Dando el siempre habitual testigo festivalero a la electrónica, este paso resultaba más orgánico de la mano de Baiuca. Sus directos tienen algo atávico, a mitad de camino entre la vanguardia y lo primitivo. Con la mirada siempre puesta en la cultura gallega, el productor y Dj de Rías Baixas ha dado algunos pasos más allá con sus últimas canciones, explorando nuevos folclores vecinos como el portugués. Así comenzaba su recital con ‘Alentejo’, uno de sus últimas mezclas llamada a ser un clásico inmediato, con la capacidad de elevarle a referencia absoluta de la electrónica ibérica.

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Arropado por una banda en directo que enriquece su propuesta con matices y arreglos, Baiuca ofrecía uno de los recitales más memorables del festival, meciéndonos en las olas de ‘Fisterra’ o subiendo las pulsaciones y los beats con algunos de los temas que muy pronto verán la luz en formato disco. Se despedía del público con otro guiño por la megafonía que anunciaba el final del concierto: con ese «Sunsleeper» de fondo, tema en que Barry Can’t Swim sampleaba sin miramientos el «Mangüeiro» del artista gallego para convertirlo en una de sus mezclas más reconocibles. Máximo respeto para estos dos gigantes de la escena del clubbing internacional.

Aún faltaba el plato fuerte de la jornada, con The Blaze y su cinematográfica puesta en escena. Es la tercera vez que veo al dueto en menos de un año, y es que los franceses llevan año y medio de gira, pasando por un gran número de festivales y, por qué no decirlo, estando ya hasta en la sopa. Les faltaba, eso sí, la de cocido madrileño, siendo esta su primera actuación en la capital. Y no sé si será el toque gastronómico local o el extenuante rodaje que llevan, pero su recital fue el más emocional de todos los que les vi hasta la fecha.

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Con un setlist pulido y modulado, orquestaban su sinfonía electrónica entre la sensibilidad extrema y algunos golpes de efecto especialmente bailables. Todo ello bajo el amparo de unos visuales que son parte indispensable de un lenguaje propio que, en esta ocasión, consiguió traspasar cualquier coraza y abrazarnos por dentro. Fue una preciosa forma de cerrar la primera jornada e irnos a soñar cosas lindas.

Texto: Luis Arteaga

Sábado 25 de mayo

La segunda jornada del festival comenzaba con el mismo guion de la primera: sol de justicia por la tarde y el público buscando el cobijo en la sombra de los escenarios. De una manera bastante cómica, los más atrevidos se arremolinaban en las primeras filas del principal extendiéndose hacia los laterales para escuchar las canciones de Villagers, que llegaban con su nuevo disco, «That Golden Time», recién publicado. La banda del irlandés Conor J. O’Brien gozó de un sonido impecable pero no consiguió mucho más que amenizar las charlas de los grupos de gente que comentaban la jugada de la noche anterior con sus simpáticas y agradables melodías de fondo.

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Bastante más entrega vimos en la actuación de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. A los sevillanos se les quedó pequeño el Ochoymedio hace tan solo unas semanas y su regreso a la capital dejó claro que, independientemente del recinto, su música está hecha para sonar en estadios. Y así afronta cada actuación el grupo. Dandy Piranha es uno de los frontman del momento. Se sube a las tarimas, enciende al público, incluso bajando a cantar con ellos y acabar repartiendo sudorosos abrazos, y perrea como si de un concierto de trap se tratase. Invoca así a los grandes cantantes de rock de los 70 pero con un pie en esas pedaleras tan de hoy en día con las que pone a jugar su voz. Un equilibrio que se puede extrapolar a todo el sonido de la banda, siempre entre la tradición flamenca, la épica guitarrera, el hard-rock más psicodélico y unos toques de modernismo sintetizado.

Con estos ingredientes, los Motoreta’s han creado un sonido propio, muy acertadamente bautizado por ellos mismos como kinkidelia y que llevan a la perfección al directo, con una propuesta cruda y contundente pero que no pierde matices por el camino. Pocas bandas más orientadas a dar todo lo que llevan dentro sobre un escenario en el rock patrio se me ocurren ahora mismo.

Texto: Iván Díaz

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Belle and Sebastian eran una de esas espinas que teníamos dentro. Son varias las veces que, quienes escribimos estas líneas, hemos esquivado sus directos, siempre contraprogramados en grandes festivales a los que son asiduos. Tanto es así que incluso Stuart Murdoch tuvo un lapsus y se dirigió al público como si estuviese en el Mad Cool, en vez del Tomavistas. Fuese como fuese, aquí estábamos para saldar deudas con la banda de Glasgow. Su calidad instrumental se hacía patente desde el primer segundo, en un escenario regentado por al menos siete músicos y que terminaría siendo pista de baile para decenas de asistentes que fueron llamados a filas para subir a las tablas. La fiesta se cerraba por todo lo alto con el clasicazo, ‘The Boy With the Arab Strap’, coreado con centenares de manos al aire.

Cambio sin prisas de horarios, perfectamente medido para no agobiar al personal y que pudiésemos llegar a tiempo para ver al completo otra celebración del pop cristalino con Cariño. La banda se ha convertido en uno de los estandartes del pop femenino en nuestro país y no es para menos con esa ristra de himnos de estadios que esconde su discografía. Temazos de estribillos arrolladores como ‘Canción de Pop de Amor’, ‘Si Quieres’ o la romántica y aguda ‘Te Brillan’ convertían el asfalto de este Tomavistas en un vergel donde florecía la diversión.

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De nuevo con sabor escocés, llegaba el trago largo de la jornada, y tal vez de todo el festival. Y aquí me van a permitir que me ponga un poco intenso, como el buen whisky. Aún recuerdo como si fuese ayer ese año 2018 cuando, también en un Tomavistas, viví una de esas experiencia musicales que solo se pueden comprender en el directo. Una epifanía que me redescubría a The Jesus and Mary Chain, banda de culto que tantas veces antes había escuchado pero que seguramente nunca había entendido. Nunca hasta ese mismo instante en el que empezaron a tocar y me pasaron por encima, como una apisonadora crujiendo cada hueso de mi cuerpo.

Desde ese momento, entraría en uno de los bucles de escucha compulsiva más bestias que recuerdo. Durante los años siguientes, rebusqué entre la mugre y las obsesiones de los hermanos Reid, llegando incluso a comprar hasta en dos ocasiones entradas y vuelos para verles en Europa, ambas veces malditas y canceladas finalmente. Y aquí estaban de nuevo, seis años más tarde, en el mismo festival para presentar disco y, sobre todo, repasar algunos de los momentos más lúcidos de la historia del noise rock. Desde la extinción de la Velvet Underground, nadie como ellos ha estrujado el ruido para convertirlo en melodías que miran de tú a tú a toda esa basura, para escupirles a la cara toda esa belleza que también habita en las profundidades del lado oscuro.

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Cortes tan salvajes como ‘Happy When It Rains’ o ‘Head On’ abrían su particular caja de los truenos, con un sonido demoledor el que la distorsión de William Reid no empañaba en ningún momento esas letras, a menudo susurradas, por Jim Reid. Ese ser críptico, con elegancia vampírica que se retorcía encorvado por el escenario para acabar devorando nuestras entrañas con temas como ‘Darklands’, ‘Some Candy Talking’, ‘Taste of Cindy’ o esa ‘Just Like Honey’ en la que desplegaba todo su magnetismo.  Me quedaría a vivir para siempre en un concierto de los Jesus y tampoco se me va a olvidar este final de visuales epilépticos y una ‘Reverence’ convertida en una gran bola de ruido. Gracias Tomavistas, otra vez, por brindarme este trago.

Con ese sentimiento de vacío que te queda después de semejante centrifugado sónico, tocaba bajar el ritmo de la máquina y reflexionar sobre lo que acabábamos de vivir. No obstante, rumiando estas ideas a paso lento, nos acercábamos hasta el bolo de Georgia, artista que no teníamos demasiado ubicada en nuestro radar y que nos apetecía escuchar. Allí, frente al escenario, una turba de seguidores habían quedado hipnotizados por los baquetazos de la cantante, en un recital de percusión y electrónica que no dejaría indiferente a un público totalmente entregado a la causa.

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Solo faltaba ya rematar con otra de esas bandas que te levantan cualquier festival del mundo. Los franceses Phoenix son auténticos maestros del rock de estadios y se plantaban en Madrid con una puesta en escena apabullante, con unas pantallas y unos visuales a la altura de los mejores shows del mundo. Y es que hay que tener mucha seguridad en tus canciones para empezar un concierto con el hit más implacable que tienes. ‘Lisztomania’ despertaba de un plumazo cualquier atisbo de cansancio y nos ponía en órbita, convirtiendo la pista en un auténtico hervidero.

Repasando toda su discografía, desde la más reciente a la más antigua, se centraban en dar al público todo lo que habían venido a escuchar, abordando hasta siete canciones de aquel «Wolfang Amadeus Phoenix». Un disco que les consagraría en las lindas del rock bailongo y festivo, con trallazos incontestables como ‘1901’ o ‘Armistice’. Pero esta banda en directo es mucho más que eso. Desde lo más cotidiano de una siesta al sol en una tumbona, la cámara de las pantallas hacía un zoom out que nos trasportaba a lo más lejano del cosmos, a través de galaxias y varios miles de años luz. Todo ello para volver de regreso a esa tumbona y adentrarse en la piel, en lo más microscópico de nuestro tejido celular, yendo con su ‘Love Like a Sunset’ de lo más masivo a lo más íntimo. Precioso momento que se volvería éxtasis con el rompepistas ‘If I Ever Feel Better’ y con un final apoteósico, con Thomas Mars dándose su ya habitual baño de masas, literalmente lanzándose al público y siendo erigido por la masa como frontman total.

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Emocionados y exhaustos a partes equivalentes, así nos despedíamos de otra edición del Tomavistas, en la que el festival madrileño recuperó el tono de sus mejores carteles y consiguió salir airoso de un nuevo cambio de recinto. Con más vidas que un gato, alegra ver que tras tantas peripecias, este festival haya conseguido caer de pie y continuar más vivo que nunca. ¡Nos vemos en 2025!

Texto: Luis Arteaga

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