Depresión Sonora @ La Riviera (Madrid) 05-03-2026
Uno de los superpoderes más bonitos que tiene la música es el de crear un sentimiento de comunidad en torno a las rarezas de cada uno. Darte cuenta de que no estás solo, de que las cosas que te laten por dentro también les pasan de manera parecida a otras personas. Algunas de ellas con el talento y la sensibilidad suficientes como para sublimarlas en canciones. Personalmente, la música de Depresión Sonora me ha acompañado y ha explicado parte de mi mundo en los últimos años, convirtiéndose en uno de los mejores cronistas de toda una generación que ha ido pasando pantallas.
Marcos Crespo ya lo hizo en aquellas primeras grabaciones desde su cuarto en plena pandemia, ofreciendo un retrato ácido y violento de lo que se agitaba por dentro de un joven en esos tiempos sombríos. Volvió a clavarlo después, describiendo mejor que nadie el frenesí con el que salimos de todo aquello, reconstruyendo los cimientos en ruinas que dejaría «El arte de morir muy despacio». Seguramente uno de los discos más salvajes que se escribirán en castellano en esta década. Una colección que atesoraba un magnetismo profundamente vitalista, que no todos supieron entender más allá de ese aura oscura que sobrevuela por todas sus canciones. Incluso en esos momentos más jodidos, su música siempre fue terapéutica; el abrazo a los malditos que seguimos enamorados de la vida y su intensidad.

Todo para llegar hasta el presente, en el que Depresión Sonora sigue haciendo camino con «Los perros no entienden de Internet (…Y yo no entiendo de sentimientos)». Un disco brillante, en el que sin perder de vista todo aquello que nos sigue por el retrovisor, avanza para seguir enfrentando sus preocupaciones desde otro lugar. Un discurso que ha conectado con un público imponentemente joven, que ha sabido ver cómo la luz se abría paso entre las grietas del desencanto hasta convertirlo en símbolo generacional. Una militancia que llevaría a formar grandes colas desde horas antes de su concierto en La Riviera de Madrid, para darle la bienvenida a la gira con la que por fin volvían a nuestras salas.
Máxima expectation para comenzar recibiendo por megafonía los mensajes mesiánicos de ‘Éxodo 32: 15-28’. Una clarividencia existencial que alumbraba el sendero para que saltase a escena Markusiano y comenzase a esbozar el porvenir con ‘La balada de los perros’. Con algunos problemas de sonido iniciales, ‘Generación perdida, diversión prohibida’ celebraba como podía la pureza del nihilismo del que bebe gran parte de su música.

Con el pie en el acelerador y una colección repleta de hits, Depresión Sonora le pisaban a fondo en dos rolas tan eufóricas como ‘Sin volverme loco’ y la descomunal ‘Dónde están mis amigos’, que convertía La Riviera en un gran karaoke colectivo para llevar el sonido hasta donde la sala no conseguía elevarlo.
Momento entonces de bajar las pulsaciones y aceptar el resacón emocional. Para apretarse contra el pecho la nostalgia con ‘Dos adolescentes y su primer amor’. Seguramente una de las canciones más demoledoras y a la vez profundamente bellas que he escuchado nunca. Harakiri sentimental que continuaría escarbando en nuestras vísceras con ‘Guárdame este secreto’, en la que con sus atmósferas rollo The Cure trataban de sanar la herida para luego volver a partirnos en dos con ‘Veo tan dentro’. Romanticismo descarnado a más no poder pese a sus aristas cortantes. Un grito a sobrevivir en la locura con el amor como única salida.

Habría espacio también para repasar el post-punk más primigenio de su discografía, con temas para los más fanáticos como ‘Hay que abandonar este lugar’ o ‘Tú no me tienes que salvar’. O, tirando de una de las líricas más elevadas de la escena actual, hacer poesía en ‘Desordenarlo todo’ y ‘Me va la vida en esto’, con un estribillo que sería cantado puño en alto por miles de voces al cielo de Madrid. Éxtasis que se extendería a ‘Domingo químico’, otra de las canciones más inmediatas de su último álbum.
Luchando contra sus propios demonios, Marcos Crespo lanzaba un alegato al autocuidado con ‘No te hables mal’ para seguir recuperando lo más esencial con ‘Como será vivir en el campo’. Una humildad que quedaba embalsamada en forma de canción en ‘Como todo el mundo’. Canto a la frescura más juvenil con el que es imposible no conectar, y que sería introducido con un mensaje importante para su audiencia. Un breve discurso contra el inmovilismo de la frustración, contra quedarse paralizados por el miedo de hacer las cosas mal. Arrengando a confiar en el instinto y darle para adelante.

Y así se encararía un tramo final especialmente adrenalínico. Con la pista convertida en una gran marea humana, celebraríamos a pleno pulmón otros himnos como ‘Fumando en mi funeral’, ‘Ya no hay verano’ o ese western moderno titulado ‘La ley del pobre’. Reventando antes de que sobre nada, echábamos el resto con ‘Gasolina y mechero’, seguramente una de las canciones que mejor han sabido describir el estado emocional de varias generaciones de jóvenes. Un polvorín que terminaría haciendo saltar todo por los aires con ‘Vacaciones para siempre’ y su intensidad siempre ascendente hasta llegar al clímax.
Reconozco que este era el concierto que más esperaba de toda la temporada y seguramente no sea esta la crónica más objetiva. Pero a quién le importa eso, fue una suerte volver a sentirnos tan vivos.





