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Alberto Montero @ Sala Siroco (Madrid) 24-02-2016
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Alberto Montero @ Sala Siroco (Madrid) 24-02-2016

cronica alberto montero siroco arco mediterraneo

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Me da casi vergüenza tirar del manido recurso de las condiciones meteorológicas para comenzar esta crónica pero se puso tan fea la noche madrileña el pasado miércoles y fue tan mágico el cobijo que nos dio la sala Siroco con el concierto de Alberto Montero que tengo que hacerlo. No se me ocurre mejor lugar en el que resguardarse de la lluvia que bajo ese “Arco Mediterráneo” que tan bien ha trazado el músico valenciano y que sabe llevar al directo con la crudeza que este exige, sin dejar de lado la sutileza que sus composiciones también demandan. Su paso por Madrid fue una demostración más de que la clave está en la salas pequeñas, en esos discos que encontramos al final de la listas y en esos conciertos que te erizan el vello desde la épica más cercana. Vosotros seguid con vuestros springsteens de turno que mientras tanto nosotros seguiremos disfrutando de esos otros artistas que llenan sirocos a duras penas pero que te clavan en el pecho sus recitales demostrando que nada tenemos que envidiar desde aquí a lo que a menudo nos tragamos sin reparos de fuera.

Alberto Montero es un claro ejemplo de ello. Canta con esa tímida mirada fija siempre al frente, lejos de los ojos que le observan atentos y en sepulcral silencio desde abajo, y proyecta una voz a la que sobran micrófonos. Lo hace respaldado con sencillez por tres músicos que parecen conectar con él por inercia y sin artificios. Marcos Junquera bromea mientras contiene (aunque alguna vez desata) esa brutal pegada con la que ejecuta timbales en Betunizer, Xavi Muñoz engorda las canciones desde el bajo y Román Gil eleva los temas desde su guitarra, con esos arreglos que se llevan por delante cualquier tipo de instrumentación añadida en sus versiones de estudio y que hace aquí innecesaria. Con ellos es suficiente para transmitir todo lo que las canciones de Montero transmiten, desde ese Mediterráneo oscuro y pagano que se empeña en reivindicar hasta esas escalofriantes armonías vocales que llevan con sutileza al escenario a tres voces.

Si lo más cercano a un estribillo pegadizo que tienen en su repertorio es el de canciones como ‘Madera Muerta’ o ‘Flor de Naranjo’ estas tienen que sonar por obligación, pero contraponen en la balanza desarrollos instrumentales que abrazan la psicodelia y que parecen no tener límite ni un final previsto de antemano. Así, se pasean por sus tres últimos discos en un repertorio que se centra en sus más recientes composiciones y acaban todos los temas casi con vergüenza, sin esperar un aplauso que, quieran o no, acaba siempre rompiendo el silencio unos segundos después del fin de cada canción. Y para despedirse y clavarnos el último puñal emocional Montero aborda solo el escenario. Lo hace en un bis en el que su voz basta y sobra para dejarnos sin aliento al arrancarse con una ‘Viajeros’ que termina con todo el grupo de nuevo sobre las tablas y con la que ponen fin a una noche llena de magia.

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