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Roger Waters @ Wizink Center (23-03-2023)
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Roger Waters @ Wizink Center (23-03-2023)

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Si algo hay que agradecerle a Roger Waters es el hecho de mantener viva la llama de Pink Floyd y seguir haciendo posible que varias generaciones contemplen su obra en directo. A sus 79 añazos, el músico británico emprendía otra gira mundial bajo el nombre «This is Not a Drill» que llegaba a Madrid en la primera de las dos noches consecutivas copando el Wizkink Center.

Hay que agradecerle también haber sabido actualizar mejor que nadie el legado de una de las bandas más iconográficas de la historia de la música. Waters se ha adaptado a los nuevos tiempos, renovando el imaginario de la formación sin perder su esencia. Sin lugar a dudas, sus puestas en escena son de lo mejor que puede verse en términos audiovisuales, arriesgando y realizando montajes más cercanos al musical que a un concierto al uso. En esta ocasión, un escenario 360º con cuatro enormes pantallas formando en cruz un muro sobre el que se proyectaban imágenes tremendamente impactantes. En ellas, pasado y presente se hilvanaban mediante animaciones 3D y fotografías antiguas mapeadas. También las consignas políticas que siempre acompañaron el carácter crítico de Pink Floyd y, por extensión, del propio Waters.

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Con ese aura narcisista que desprende, sabedor de que ha sido y sigue siendo una figura de relevancia mundial, no se le puede negar una entereza absoluta a la hora de defender sus propias ideas políticas. Un hecho que en estos tiempos de mentalidad única le ha llevado a ser cancelado en algunos contextos, pese a mostrarse siempre contrario a la violencia y a la guerra. Así comenzaba su recital en Madrid, advirtiendo a los espectadores por pantallas y megafonía que si no estaban preparados para su speech, se fuesen directamente al bar.

Con algo de retraso, comenzaba fuerte con una ‘Comfortably Numb’ con la que nos sumía también visualmente en una ciudad lúgubre, adentrándonos así en la distopía que exploraron Pink Floyd y otros referentes de la literatura como Aldous Huxley o George Orwell. En estas ideas se debatían también temas como ‘Another Brick in the Wall’ (en sus diferentes partes), una sobrecogedora ‘The Powers That Be’ en la que se mostraban los asesinatos de inocentes por todo el mundo a manos de los distintos regímenes (aquí sin tonterías, hubo para todos) o una ‘The Bravery of Being Out of Range’ en la que desfilaban los presidentes de Estados Unidos, desde Reagan hasta Biden con el merecido cartel de «criminales de guerra». Tal vez hubiese sido buen momento para incluir en la lista a algunos otros que actualmente siembran la muerte en Europa. Justo a continuación y respecto del conflicto en Ucrania, invitaba a parar de una vez por todas esta locura y resolver los problemas hablando en los bares.

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No faltarían clásicos como ‘Shine On You Crazy Diamond’, una ‘Sheeps’ con la que volaba por lo aires una oveja hinchable que recorría la plaza o una emotiva ‘Wish You Were Here’. Una de esas canciones que siempre te toca la fibra y que desearías escuchar junto a una persona concreta que no está allí. Waters se la dedicada a su difunto amigo Syd Barret, cofundador de la banda de su vida. Así culminaba una primera parte que se iba al descanso como si de un partido de baloncesto se tratase.

Algo perdido en la inmensidad del escenario 360º y de una banda coral que asumía con frecuencia el rol principal del show, Waters se desvanecía por momentos en interludios instrumentales excesivamente cansinos. Llegaba incluso a ceder el protagonismo vocal en una ‘Money’ que, eso sí, se desplegaba magnética como la gran canción que es. También sonaban épicos los martillos que desfilaban en ‘Run Like Hell’ y sus guitarras retro. El éxtasis se desataba, como no podía ser de otro modo, en ‘Eclipse’, inundando todo el recinto de color y ese mensaje de unión de toda la humanidad con el cosmos.

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En el tramo final sonaban los relojes que parecían anticipar una imprescindible ‘Time’ que inexplicablemente se quedaría fuera del setlist. En su lugar, volvía a dirigirse a los dueños del mundo para evitar una catástrofe nuclear, representada con virtuosísimo y gravedad una vez más en los visuales y acompañada de ‘Two Suns in the Sunset’. Llegábamos al clímax y Waters decidía despedirse dedicando unas sentidas líneas a su recientemente fallecido hermano, sentándose de nuevo en ese bar simbólico al piano y arropado por toda su banda. Final extraño pero emotivo, dando la vuelta de honor al ruedo en una comparsa, que se despedía a camerinos terminando la canción en los pasillos del estadio mientras era retransmitido en directo en las pantallas. Funcionó y puso el broche a un recital que vale cada euro que cuesta la entrada. No obstante, las comparaciones son odiosas y no puedo dejar de pensar en la última vez que le vi, en el mismo recinto hace ahora cinco años. El tiempo pasa para todos.

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