Guns N' Roses @ Estadio Vicente Calderón (Madrid) 04-06-2017

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Hay veces en que lo viejo funciona mucho mejor que lo nuevo. Si no que se lo digan a Axl Rose en su grotesca aventura del "Chinese Democracy" y a todo lo que vino después. Un cuento chino del que podrían haber aprendido algo todos aquellos que decidieron que lo mejor era derribar el templo futbolístico y musical Vicente Calderón en aras de un recinto con nombre pseudochino y promesas de grandeza. ¿Para que tocar algo histórico que pese a sus deficiencias sigue emocionando como el primer día? En una de sus últimas noches de música, el Calderón se vestía de gala para acoger otro concierto con el que se acrecentaba aún más su leyenda. Nada menos que el reencuentro de los verdaderos Guns N' Roses más de 23 años después.

Una velada cargada de misticismo que anticipaba el magnético rock de Mark Lanegan, acompañado en esta ocasión de una banda la altura de su talento. Por desgracia sufrieron en sus propias carnes la maldición de todos los teloneros que se atreven a abordar actuaciones en grandes recintos a la sombra de algún supergrupo. Esto se traduce inevitablemente en una marabunta de gente hablando mientras tocas y en un sonido con la potencia terroríficamente castrada, tal vez para no molestar al personal en sus transcendentales charlas en mitad de un concierto que no les interesa lo más mínimo. Sea como sea Lanegan y los suyos ofrecieron una demostración de categoría y de pegada que a los que sí nos interesaba su música nos dejó con la miel en los labios, deseando poder verles en una situación más propicia para disfrutar de ellos como se merecen.

Diez minutos antes de la hora prevista y dejando atrás cientos de anécdotas que a lo largo de los años mancharon el nombre de la banda, los Guns N' Roses hacían acto de presencia con un sonido intermitente que mataba cualquier intento de distinguir las letras de un Axl Rose que aparecía sobre las tablas como si se hubiese atiborrado a corticoides. El tiempo pasa para todos y su disfraz de adolescente rebelde, puesto ahora en el cuerpo de un tipo de 55 años, no ayudaba en absoluto a la esperanza de ver de nuevo a la banda en plena forma. Todo un espejismo pesimista que no tardó en disiparse cuando mejoró notablemente el sonido, se quitó las gafas de sol y poco a poco su garganta fue poniéndose a punto. 'Welcome to the Jungle' abría el camino y empezábamos a escuchar los primeros agudos de un cantante que, independientemente de los gustos de cada uno, ha sido sin duda uno de los mejores vocalistas de la historia del rock. Tanto es así que pese a que la voz es el instrumento que más achaca el paso del tiempo, Rose contaba con un margen tan impresionante que a día de hoy sigue alcanzando registros difícilmente superables.

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Alternándose el protagonismo sobre el escenario, siempre a cubierto tras su sombrero, sus gafas negras y su oscura melena rizada, Slash mantenía intactas las destrezas de antaño. Detrás de esas pintas podrían haber colocado a cualquier imitador de no ser por el hecho de que nadie habría podido igualar jamás los riffs con los que el guitarrista británico marcó una época y con los que ayer volvió a emocionarnos demostrando que lo suyo va mucho más allá de la pose y que Guns N' Roses no pueden entenderse sin él. Para el recuerdo dejó momentos como el magistral solo de 'Double Talkin' Jive', la estremecedora melodía de 'Wish You Were Here' de Pink Floyd o su propia versión de la canción de Nino Rota compuesta para "El Padrino", que enlazó directamente con 'Sweet Child O'Mine', esa oda a la nostalgia de la juventud que por mucho que pase el tiempo y las veces que se haya escuchado seguirá siendo actual en la misma medida en que lo son los himnos. Jamás pasará de moda.

El bueno de Duff McKagan puso de nuevo la clase que le caracteriza al bajo y también tuvo su momento al frente del micro para interpretar la densa 'Attitude' de Misfits. Pero por encima de todas las individualidades, Guns N' Roses funcionaron conjuntamente como la gran banda que siempre fueron, superando con creces todas las expectativas puestas en este reencuentro. Un recital que se fue hasta las tres horas de concierto y en el que no faltaron temas como 'Nightrain', 'Civil War' o incluso un lúcido homenaje a Chris Cornell y su 'Black Hole Sun'.

Tampoco pasó por alto Axl Rose la oportunidad de rendir tributo a semejante escenario cuando, tras haber agotado ya su arsenal de cambios de vestuario, recogió una bufanda atlética lanzada por el público, se la echó al cuello y encaró el tramo final del concierto. Un espacio en el que sonaron ritmos más pausados especialmente emotivos como la versión del clásico de Dylan, 'Knockin' on Heaven's Door', 'November Rain' o una 'Patiente' que arrancaba con los silbidos de Rose envueltos en destellos de móviles que lucían como un manto de estrellas en la noche madrileña. Todo ello para terminar por todo lo alto, llenando el Calderón de pólvora con fuegos artificiales al son de 'Paradise City'. No deja de ser paradójico que al final me despidiese de mi amado hogar rojiblanco cantándole al deseo de volver de nuevo a este pequeño paraíso, donde la hierba siempre fue verde y donde siempre estuvieron las chicas más bellas de todo Madrid.

Sobre el Autor

Luis Arteaga
Luis Arteaga

Todavía te debo una disculpa, no te devolví el cuchillo nunca.

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