Bilbao BBK Live 2025 @ Kobetamendi
Con un cartel que generó dudas y críticas entre la audiencia más purista del BBK Live, el festival bilbaíno conectaba con otros públicos juveniles para cerrar su edición de 2025 con unas cifras oficiales de más de 115.ooo asistentes, quedándose en números muy similares a los de los últimos años. En medio de un sector altamente competitivo en el que cada vez es más difícil conseguir cabezas de cartel, el BBK salía de nuevo del paso tirando de otras estrategias; centrándose en esa parte media del cartel, guiñando el ojo a generaciones más jóvenes y a algunas de las artistas con más arreón del panorama estatal.

En esta línea, los conciertos de Bad Gyal, Amaia, Judeline o Rusowsky se vislumbraban como alicientes para cubrir el vacío que dejarían los grandes amantes de las guitarras. Para los que aún confiaron, también habría algunos momentos brillantes escogidos con cuentagotas, como el regreso de Pulp o el punk siempre acelerado de Amyl and the Sniffers.
También salvarían la papeletea sensaciones que fueron fichadas en su día en la zona intermedia y que terminaron llegando a Kobetamendi convertidos en cabezas de cartel, como el fenómeno de Ca7riel y Paco Amoroso. Todo esto unido a la siempre certera programación electrónica y a un último empujón que acercaría a Bilbao a Kneecap, uno de los grupos más mediáticos del momento por su apoyo incondicional de la causa Palestina. Convertidos en un símbolo musical de la resistencia, su concierto sería otro de los motivos de peso para acercarse al festival en la jornada del viernes. La única en la que estaríamos presentes en esta edición y que comentamos en esta crónica, repasando conciertazos y desventuras.

Apurando nuestro tiempo en Bilbao, la ruta comenzaba desde bien temprano con los conciertos gratuitos en la ciudad. Esa iniciativa que ya parece haberse asentado en el ADN del festival y que en esta ocasión acercaba a las calles propuestas tan interesantes como las de La Plata. En una sucesión de requiebros del destino, lo cierto es que no había visto en acción al grupo valenciano hasta ese momento y, pese a algunos fallos notables de sonido, conseguían enderezar el barco en la recta final. Justo a tiempo para mecernos por sus atmósferas más oscuras en ‘Ángel gris’, ‘Cerca de ti’ o el estribillo desesperanzado de ‘Me voy’, una de esas canciones perfectas para la banda sonora de cualquier harakiri sentimental.

Preparando ya la subida al monte de Kobetas, las previsiones meteorológicas vaticinaban una jornada entre la épica y el desastre, con un ciclón que amenazaba con entrar por el norte de la península. Sin tiempo que perder ante tan apocalípticas previsiones y ataviados con chubasqueros, no podíamos perdernos el directo de los irlandeses Kneecap. La suya ha sido una de esas censuras que se han vuelto contra sus opresores. Sancionados e incluso juzgados por, supuestamente, enaltecer el terrorismo en uno de sus conciertos, su repercusión crecía aún más hace tan solo unas semanas, cuando la BBC censuraba su actuación en Glastombury. Convertidos por sus propios censores en íconos vivos de la lucha contra este genocidio, su entrada en Bilbao era celebrada con centenares de cartulinas con la bandera de Palestina y una suerte de Guernica dibujado en ellas.

El pueblo vasco sabe algunas cosas sobre la represión. Y a ello apelaban desde el comienzo unos Kneecap que bridaban el concierto a los pueblos oprimidos, con consignas a favor de Euskal Herria, Cataluña, su Irlanda del norte natal y, como no, Palestina. Y aunque sería cínico tratar de equiparar las magnitudes de cada uno de estos casos, su discurso trataba de formar una alianza de pueblos en contra de la masacre. Y eso siempre está bien. Sobre todo cuando cedes la palestra a un grupo de exiliados palestinos que lanzaban sus proclamas a favor de la paz y la liberación de su pueblo, poniéndonos el corazón en un puño y silenciando por unos instantes Kobetamendi.
Incendiarios tanto en sus proclamas como en un sonido apabullante, su concierto se convertía en un pogo casi continuo, con bailarinas estrofas en lengua irlandesa como las de ‘I’m flush’, pero sobre todo, las de un tramo final de infarto con ‘Guilty conscience’, ‘Get your brits out’, ‘H.O.O.D’ o la definitiva ‘The recap’, en la que el skyline del monte volvía a llenarse de banderas palestinas al cielo. Sin duda uno de los momentos más simbólicos que dejará en la retina esta edición del festival.

Sin que bajase un ápice la actitud punk, Amyl and The Sniffers tomaban el testigo en el escenario principal. La banda australiana esta en el podio de los directos más abrasivos de punk rock que pueden verse en la actualidad. Con sus dejes de glam en las guitarras, la suya es una propuesta tan visceral como meritoria en lo instrumental. Con un público que se preparaba para la tormenta, y mientras los primeros relámpagos cruzaban el cielo gris plomizo de Bilbao, Amyl y los suyos nos cargaban de electricidad con trallazos como ‘Security’ o ‘Freaks to the front’, justo antes de comenzar a intensificarse el habitual sirimiri local.

Convertido este sirimiri en lluvia con mayúsculas, la gente solo se movería del escenario para bailar con el frenetismo de temas tan imparables como ‘Tiny bikini’ o ‘Hertz’, en los que Amyl volvería a reivindicarse como la mejor frontwoman que puede tener una banda de rock. Firmaban otro concierto implacable que nos daría fuerzas para lo que estaba por llegar.
Con la lluvia apretando más y más, nuestros pasos se dirigían raudos hacia la carpa, único escenario a cubierto de todo el recinto, donde estaba apunto de comenzar una de esas propuestas arriesgadas a las que le teníamos ganas. Mientras Amaia, una de las reinas del pop nacional, tristemente tenía que suspender su concierto pasados veinte minutos por la fuerte tormenta que azotaba el escenario principal, unos pocos nos refugiábamos en el soul y el afrobeat de Obongjayar. La del cantante nigeriano fue una de esas apuestas valientes que siempre valoro dentro de la programación del BBK Live. Temas como ‘Sweet Danger’ eran estirados en directo con percusiones y una jam afrobeat, que a base de buen rollo y una cadencia que se metía sola en el cuerpo, volvían a calentarnos y a dejarnos con ganas de seguir indagando en su música.

En medio de la incertidumbre que amenazaba el devenir del festival, con todos los conciertos al aire libre suspendidos durante más de una hora, y la lluvia intensa que no cesaba, aún teníamos fe para seguir creyendo. Capas de agua y paraguas se daban cita para ver a Rusowsky, condensando, aquí sí, a gran parte del público joven de esta edición que resistía estoico el envite del tiempo, en todos los sentidos, en una espera que se haría eterna bajo el diluvio.
Aupado como uno de los nombres más pegados de la escena «urbana», finalmente saltaba al escenario uno de los chicos de oro de su generación. Con gritos de euforia se recibían canciones como ‘Brujita’ o la reciente ‘malibU’, esas rolas marca de la casa, con su particular mejengue de melodías cristalinas de pop cargaditas de autotune. La espera de los fans tenía premio extra, y el éxtasis se desataba cuando aparecía en escena Ralphie Choo, para abordar a dúo dos de las canciones más sonadas de sus colaboraciones mutuas; ‘Gata’ y la melancólica ‘Bby Romeo’. Uno de esos conciertos que hicieron las delicias de sus incondicionales y que reconvertiría a la causa a más de un escéptico.

Con las fuerzas justas para soportar más épica y con la lluvia martilleando sin cesar, la providencia volvía a congregar a un gran número de asistentes, de nuevo en la carpa, para escuchar el concierto de Abhir. Agradecido y enérgico, el rapero canario daba un recital de altura mientras, pese a los peores pronósticos, por fin, y después de tres horas de lluvias intensas, dejaba de caer agua en Bilbao.
Justo a la hora precisa para que una de las reinas del trap y el reguetón en castellano saltase a escena, en el que sería el concierto más multitudinario de toda la jornada. Bad Gyal se proponía secar y humedecer al respetable a partes iguales, con un repertorio altamente sexual, en el que la coreografía y una cuidada puesta en escena volvería a jugar un papel fundamental del show.

Le pese a quien le pese, ella es la artista nacional más respetada en la música de baile latinoamericana actual, y de esos viajes de idas y vueltas, rescataba para su setlist canciones como ‘Duro de verdad pt.2’ o esa ‘Mi Lova’, registrada en el estudio mano a mano con Myke Towers. Convirtiendo todo en una gran pista de baile, Bad Gyal seguía desplegando su propio imaginario; lleno de chulería, libertad sexual y códigos de las noches en miles de clubs. Justo ahí donde entroncan algunos de sus himnos más celebrados, como ‘Sin carné’, ‘Chulo pt.2’ o esa ‘Fiebre’ con la que aumentaba por última vez la temperatura y se marchaba a camerinos tras despachar 29 canciones y agradecer el cariño de uno de los públicos más entregados del evento.

Algo más les costaría a Orbital convencer a quienes deambulaban por el recinto cuando empezó su sesión. Míticos de la escena electrónica británica de los ’90, sus mezclas de breakbeat, acid house y techno melódico se aliaban con un imponente despliegue lumínico para firmar una de las sesiones de electrónica más sorprendentes que recuerdo haber visto esta temporada. Con unas luces que se proyectaban desde sus cabezas como si fuesen faros, alumbraban un camino misterioso en las mezclas, con las que subirían en directo varios peldaños la contundencia de su sonido en estudio. Plantado allí delante, frente a semejante recital, tuve a bien recordar aquella otra sesión monumental de Röyksopp, también en otro BBK Live. El de Orbital es uno de esos espectáculos difíciles de ver en directo por aquí pero que no deberías perderte. Seguramente lo que más disfruté de toda la jornada.
Y como todos los cierres en Kobetamendi, tocaba echar el resto en Basoa, ese escenario entre árboles y penumbras en el que la electrónica no descansa nunca. Allí tenía el papel de cerrar la velada un DJ de la talla de Richie Hawtin, de quien se desvelaba el nombre el mismo día de su actuación. Así, en plan sorpresivo. Allí, el afamado DJ repartía techno a tralla para el deleite de los últimos supervivientes, que contra cualquier pronóstico, éramos muchos.
Con la imagen siempre emblemática de Bilbao amaneciendo desde el monte y totalmente exhaustos, así se ponía fin a una de las jornadas festivaleras más duras que recuerdo haber vivido nunca. Pero contra cualquier adversidad, en ese entorno tan idílico como pesadillesco, cuando los avatares de la climatología lo consideran oportuno, el BBK Live siempre despliega una magia especial que no tiene ningún otro festival nacional. Si el azar quiere, volveremos a Kobetamendi en 2026.





