Kalorama Madrid 2024 @ (IFEMA)
Marcada con la cicatriz de los malditos desde su propia gestación, la primera edición del Kalorama se anunciaba en Madrid dispuesta a desafiar la leyenda negra de los festivales de música en la capital. Pero vayamos aún más atrás en esta historia. Last Tour, promotora de grandes festivales asentados en la península, como el Bilbao BBK Live o el Kalorama de Lisboa, acometía hace tres años la expedición de consolidar un gran evento musical en el sur. Una región sin grandes competidores aún en el mercado y que ofrece un concepto tan claro como infalible: festival internacional, verano, buen tiempo y playita.
Así nacía el festival Cala Mijas, que durante dos ediciones sería el nuevo niño mimado de la promotora. Y todo parecía felicidad hasta que, tras la pasada edición, un presunto incumplimiento de las cláusulas echaba todo por tierra. El ayuntamiento de la localidad malacitana dejaba a deber una fortuna a la organización. A partir de ahí y con el enclave costero descartado, merece la pena pararse unos minutos a entender cómo se organizan este tipo de festivales y las posibles soluciones de Last Tour.
Al contrario de lo que mucha gente pueda pensar, los macrofestivales como modelo de negocio viven tiempos duros. Sin ir más lejos, la pasada semana Primavera Sound cancelaba todas sus ediciones en Latinoamérica y también hacían lo propio el Desert Daze, en Estados Unidos. Para cualquier promotora es cada vez más difícil pagar cachés de grupos o artistas llamados a ser cabezas de cartel, quienes saben que actualmente pueden llenar varias noches consecutivas los recintos más grandes de cualquier ciudad, sin tantos intermediarios y facturando cantidades inasumibles para ningún festival. Valgan como ejemplos de esto desde la reciente reunión de Oasis hasta las últimas visitas de Taylor Swift o, incluso, de Karol G.

Con estas cartas, las empresas que regentan varios macrofestivales, buscan alcanzar acuerdos con las bandas para que estas reduzcan sus cachés a cambio de tocar en varios de sus festivales. En este caso, Last Tour necesitaba encontrar una solución al fallido Cala Mijas, para volver a reubicar contratos con bandas como The Prodigy, Massive Attack o Jungle, entre otras. Y con la urgencia apremiando, se termina por decidir tirar hacia adelante y explotar la marca del Kalorama en Madrid trayéndolo a finales de agosto, con la ciudad aún sumida en pleno éxodo vacacional y volviendo a intentar la quimera de convertir el inhóspito parking del IFEMA en algo que no de la sensación de ser una gran rave, con un público medio que rondaría los 40 años o más.
Delicados mimbres que no sustentaban unas ventas muy por debajo de lo esperado, lanzando a última hora una agresiva campaña promocional con abonos a mitad de precio. Solo así se conseguiría tener una base lo suficientemente sólida de público como para que aquello tuviese algo de alma. Una última intentona por salvar los muebles de una organización que también tendría que enfrentarse a cancelaciones de bandas, problemas de sonido y al factor más incontrolable de todos: la furia de los elementos, que también se tornarían desfavorables, descargando fuertes tormentas en mitad del festival. Con toda esta épica en contra, Kalorama Madrid salía adelante como podía, dejando algunos buenos conciertos de los que te hablamos a continuación.
Jueves, 29 de agosto.

Nuestro camino en el festival comenzaba con buen paso, acercándonos al sorprendente concierto de unos Nation of Language que en directo incrementan varios puntos la visceralidad de sus canciones en estudio. Pese a haber entre el público varios círculos de asistentes hablando en mitad de la pista como si fuese un bar, encontrábamos nuestro hueco lejos de tan molestos personajes y disfrutábamos de unas canciones que parecen abrirse paso entre el universo de synth pop de Future Islands o New Order y las melodías de The Smiths.
Temas como ‘Rush & Fever’ o ‘Sole Obsession’ se convertían en auténticos rompepistas, con un Ian Richard Devaney que se retorcía sobre el escenario con sus frenéticos bailes y una voz magnética. La misma que le llevaría a disfrazarse de Morrissey para interpretar cortes más reverberados y pausados como ‘Weak in Your Light’. Desde los sintetizadores, metiendo cada quiebro del beat en directo y unas melodías imparables, Aidan Noell nos maravillaba haciendo alarde de un buen gusto exquisito, llevando el timón instrumental en temas como ‘On Division St’ o ‘The Wall & I’. También acompañaban unas líneas de bajo marcadas y a cargo de Alex MacKay, tercer integrante de una banda tan emotiva como bailable, que se despedía, recién arrancado este Kalorama, firmando uno de los mejores conciertos de todo el festival.

Con el sol de cara, y nunca mejor dicho, The Kills quedaban literalmente cegadas en el atardecer. Con una Alison Mosshart que se tapaba la frente con las manos para poder vislumbrar lo que pasaba más allá del resplandor. Sobre las tablas, la visión quedaba también bastante borrosa: un dueto clásico de lo-fi guitarrero que no lograba llenar un escenario tan grande, echando de menos en la puesta en escena unas baterías orgánicas, más allá de las bases rítmicas lanzadas por los altavoces. Con nada que reprochar a nivel de actitud, no sería este uno de esos conciertos con la capacidad de emocionarme ni lo más mínimo.
Más emotivo se presuponía el concierto doble de las dos bandas capitaneadas por Ben Gibbard; la noventera Death Cab for Cutie y el nostálgico regreso a The Postal Service, en lo que estaba llamado a ser uno de esos momentos especiales para los seguidores de la banda norteamericana. Empezando con el repertorio de Death Cab for Cutie, esas canciones de indie-rock yanqui se antojaban algo insípidas con un sonido que resultaría muy pobre durante casi toda la primera jornada. Solo conseguiría conectar en el punto más sentimental de su actuación, justo en ese en el que celebraban la morriña con ‘Transatlanticism’, con sus largos devaneos instrumentales y la voz de Gibbard susurrando ese estribillo en bucle.

Cambiando instrumentación y vestimenta tras un parón tal vez demasiado largo para un festival, The Postal Service salían en blanco impoluto a escena para volver a intentar enchufar a un público al que invitaban al baile con ‘The District Sleeps Alone Tonight’ o ‘Such Great Heights’. Adoleciendo problemas similares en cuanto a la potencia del sonido, salvaban el directo tirando de casta y gracias a un repertorio que haría las delicias de los más fieles. Eso sí, los que estuvieran en las primeras filas y pudieran oírlo como se merecía.
Mucho más dramático y evidente sería el problema de los limitadores de sonido en mitad de la actuación de Folamour. El DJ francés, sustituto en el cartel de unos The Smile que se caían de la programación, llegaba a Madrid como una de las grandes figuras internacionales de la escena del clubbing. Lo hacía al final de una jornada pensada para un público de perfil más pureta que, en términos generales, no mostraría un gran interés en una sesión tan festiva como esta.

Pese a los esfuerzos del DJ, siempre con una sonrisa y bailando sobre los platos, la condena definitiva llegaba cuando, rozando las 23:00 de la noche y en medio de una mezcla, el sonido bajaba drásticamente en el escenario para no volver jamás a niveles anteriores. Desconozco las causas de este hecho. No sé si fue un tema de normativa, de evitar quejas vecinales o una decisión técnica, pero en ningún caso es de recibo hacerle eso a un artista. Si no se puede celebrar un evento musical en un recinto que garantice unos mínimos de calidad acústica, lo que hay que hacer es cambiar de lugar. Y para la música, IFEMA es tal vez el peor y más desangelado recinto de todo Madrid.
En esta primera jornada de jueves, tampoco escaparían a la castración acústica los grandes cabezas de cartel, LCD Soundsystem, en uno de los conciertos más maravillosos y a la vez frustrantes que he vivido últimamente. Todo comenzada con un inicio apabullante, en el que la banda nos llevaba al éxtasis con cortes imparables como ‘You Wanted a Hit’ o una ‘Tribulations’ visceral, que no obstante, ya dejaba patente que se escucharían más los enérgicos coros de parte del público que la voz de James Murphy. Un frontman total con el carisma de los clásicos, que junto a una banda de auténtico lujo, se acercaba al imaginario sonoro de Talking Heads con temas como ‘Dance Yrself Clean’, o ponía el funk al servicio del rock en ‘Daft Punk Is Playing at My House’.

Qué decir de esas percusiones minimalistas y preciosistas a partes iguales, que dan nuevos sentidos a unas canciones sorprendentes y altamente festivas. Creo que no exagero si digo que con un sonido a la altura de los protagonistas, este podría haber sido uno de esos conciertos para recordar de por vida. No pudo ser, y me quedaba con la miel en los labios y cara de pena al escuchar la definitiva ‘All My Friends’ a un volumen tan austero. Insuficiente para celebrar semejante oda al desencanto de la madurez, esa misma materia prima hallada en el espíritu de ‘Vigilantes del Espejo’, de Triángulo de Amor Bizarro. Una de esas canciones para abrazar a propios y extraños y fundirte en un exorcismo masivo. Una de esas canciones que dan sentido al concepto de festival y que deben sonar, sí o sí, atronadoras. Pero lo de los truenos vendría después…
Viernes, 30 de agosto.
Sin previsiones de lluvia por parte de la AEMET pero con un horizonte nuboso poniendo en jaque a la ciencia, arrancaba la segunda jornada con las actuaciones a medio día de Tristán!, Colectivo da Silva y una Judeline que se unía a ultimísima hora, debido a una neumonía de Fever Ray. Poco más tarde, comenzaba nuestro itinerario musical con Yard Act. Una de esas rarezas musicales inclasificables, donde el spoken word se alía con el groove más rítmico para crear una mezcla explosiva. Una máquina de baile que ponía a tono al respetable y que desataba los aplausos con estridentes performances sobre el escenario. En definitiva, una de esas agrupaciones que me encantaría volver a ver pronto en las distancias cortas de una sala.

Con igual intención caustica sobre el escenario, Gossip agitaba los cimientos del clasicismo con una puesta en escena atrevida y un mejunje sonoro al que no acabo de pillarle el punto. A media cocción entre el indie-rock y un vozarrón que abraza los sabores más elementales del soul. Gustos aparte, el arrojo de la artista y el buen hacer de la banda ponían al público a contonearse y continuaban animando el ambiente del tardeo.
Más madera a la hoguera para recibir a Yves Tumor, artista con alma de rockstar queer que venía a Kalorama como una de las propuestas más vanguardistas del cartel. Siempre a la persecución de la experimentación y la provocación en lo formal, y con esas guitarras que dan pinceladas de glam rock a atmósferas eminentemente sombrías en lo musical, el concierto terminaría convirtiéndose en una letanía de graves que a menudo empastaban la voz del cantante. Igual de oscuro se pintaba un cielo que se iluminaba de relámpagos cada vez más frecuentes. Una amenaza que se materializaría en forma de diluvio estival; breve pero tan intenso que anegaba parte del recinto y provocaba la estampida en busca de cobijo.

Pese a la rápida actuación de la organización, que habilitaba en tiempo récord un pabellón del IFEMA para resguardar a los asistentes, la virulencia de la tormenta nos dejaba a una parte importante de público totalmente calado y huyendo del recinto en cuanto tuvimos la más mínima tregua. También se suspenderían las esperadas actuaciones de Raye y Soulwax, quienes sufrieron daños en sus backlines impidiéndoles tocar. Otro varapalo para un festival que, eso sí, se recompondría con estoicismo para afrontar las actuaciones de Overmono y The Prodigy.
Sábado, 31 de agosto.
La suerte que no había sonreído hasta ahora a este Kalorama Madrid, se pondría por fin del lado del festival en esta última jornada, para la que se registraba la mayor afluencia de público y un cambio notable en la vocación de los asistentes, ahora sí, con más ganas de celebrar el fin de semana.

Y comenzaba con una sorpresa inesperada de la mano de Olivia Dean. La cantante, hasta ese momento desconocida para mí, convencía a la audiencia con una actuación enérgica, el la que destilaba toda la elegancia del neo-soul con una de esas voces tan sensibles como sobrecogedoras. Lo hacía además rodeada por una numerosa formación de músicos que daban ese giro neo en lo instrumental, para que todo sonase fresco y añejo al mismo tiempo. Gran descubrimiento esta Olivia Dean, que parece poseer una personalidad artística capaz de conectar con cualquiera que se acerque a sus directos.
Con mucho que decir, llegaba el turno de Massive Attack, uno de los grandes reclamos del festival. Con todas las miradas y todos los oídos puestos en el escenario, el grupo más famoso de trip hop de la historia aprovechaba la atención para difundir su mensaje crítico y antibelicista por todos los medios posibles, ya fuese por megafonía o a través de unas pantallas que acapararían gran parte del protagonismo, en una puesta en escena centrada en lo audiovisual.

De esta manera, y desde su posición privilegiada dentro de las élites culturales, Massive Attack hacían de altavoz de las injusticias, amplificando las voces acalladas de los indefensos. Como no podía ser de otro modo, apuntaban directamente a la causa Palestina, aportando unas cifras desoladoras que se sobreimpresionaban en pantalla, y que dejaban en evidencia que el genocidio comenzó hace muchos años. También a las guerras de Ucrania o de Bosnia, rechazando el olvido que queda tras el boom informativo y obligándonos a recordar para no permitir que se repita el horror. Cargaban también contra Elon Musk, Donald Trump y un sinfín más de personajes públicos, en un concierto político donde tampoco faltaría lo musical.
Con el sonido más impresionante de todo el festival (ya era hora), Massive Attack enmudecía los molestos corrillos con temas como ‘Unfinished Sympathy’ o ‘Teardrop’ que, en voces de Deborah Miller y Elizabeth Fraser, respectivamente, conseguían llevar el mensaje justo a la fibra más sensible. En compases más movidos, interpretaban ‘Minipoppa’ junto a Young Fathers o ponían a la gente a mover los pies al ritmo del psuedoska de ‘ROckwrok’, versionando a Ultravox.

De lo reivindicativo a lo festivo para recibir a Jungle. Referentes actuales del funk sintetizado y el nu-disco, ellos son sinónimo de fiesta y baile, sin renunciar nunca a un buen gusto musical que les eleva a la máxima categoría. Es difícil imaginar un inicio mejor que ‘Busy Earnin’ para subir las pulsaciones y convertirlo todo en una gran pista de baile. Con unas impresionantes líneas de bajo que sostenían el groove, la formación añadía nuevas capas en directo, con voces femeninas y vientos. Todo ello para celebrar hits de ramalazo soul como ‘Back On 74’, el funky de ‘Candle Flame’ o una ‘Keep Moving’ que servía de cierre mientras unas pelotas hinchables gigantes rebotaban sobre un público totalmente entregado. Seguramente el concierto más divertido y disfrutable de todo el festival.
Con las ganas de más que da la euforia, no encontraría esa continuación en el concierto de un Sam Smith cuya ecléctica propuesta musical discurre por derroteros tan dispares como el hyper-pop o algo parecido al neo-soul. Un popurrí que no me interesa ni lo más mínimo, pese a reconocerle su calidad artística. Genial para quienes lo disfrutasen, mientras otros tanto cargábamos pilas para sobrevivir hasta el cierre.

Un final del que se encargaría la DJ surcoreana Peggy Gou. Convertida por méritos propios en una de las mujeres más reconocidas dentro de la electrónica actual, empezaba desafiando el sistema de subgraves, con unas mezclas ligeramente techno como para sonar dura, pero lo suficientemente dance como para abrirle las puertas a un público más acostumbrado a la electrónica más amable. Combo perfecto que se iba alternando en una sesión marcadamente noventera, con visuales que coqueteaban con toda aquella estética que rodeó a la música de baile durante esos años.
Con esta redención a última hora termina un festival intermitente y complejo desde su nacimiento. Pese al trabajo y los esfuerzos de la organización, deja la sensación de que no será este uno de esos eventos inolvidables para ninguno de los asistentes que estuvimos allí, quedando la duda de si este proyecto tendrá continuidad o no en Madrid. Solo el tiempo lo dirá.
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Fotografías de Sergio Albert: portada, The Postal Service, Folamour, LCD Soundsystem, Massive Attack, Peggy Gou; Silvia Villar: Entrada, Sharon López: Nation of Language, The Kills, Yard Act, Yves Tumor, Olivia Dean; Luis Arteaga: Jungle.





