Él Mató a un Policía Motorizado @ Movistar Arena (Madrid) 26-11-2025
Él Mató son una de las bandas de mi vida. Desde que me encontré con sus canciones en mis ya muy lejanos años universitarios, me han arropado en todo tipo de momentos vitales; desde las caídas a la euforia de la redención, desde el amor al desencanto. Siempre estaban ahí, con esas letras que apelan directamente a la emoción de lo cotidiano. El triunfo de las pequeñas cosas.
Lo cierto es que a lo largo de todos estos años creciendo juntos, aquella sencillez se ha vuelto tan inmensa como para copar estadios. Después de haberles visto en todo tipo de formatos, en salas donde apenas cabían poco más de cien personas, que Él Mató a un Policía Motorizado tocase en el pabellón más grande de Madrid se sentía de algún modo como cerrar el círculo. Hacer colectivo el éxito de una banda que, por otra parte, ya es desde hace muchos años en Argentina una de las más importantes del milenio. Y sin entusiasmarme la idea de ver a un grupo que siento tan cercano en un recinto tan frío, ni podía ni quería faltar a este concierto con tintes de consagración.

Siguen pasando los años y sigo pensando que no hay mejor manera de comenzar un directo que con ‘El Magnetismo’. Una canción que conecta con el amor como salvación universal, volviendo a poner la química romántica en el centro de la ciencia, y que siempre consigue emocionarme en la voz de Santiago Motorizado. Y viajando aún más lejos en la máquina del tiempo, rescataban la elemental ‘Sábado’, con esas guitarras mano a mano entre Niño Elefante y Pantro Puto, a medio camino entre el space rock y el indie argento que ellos mismos redefinieron para siempre.
Pero pese al arranque perfecto del setlist, el Movistar Arena se volvía una trampa acústica para los argentinos, con un sonido rebelde que incluso petardeaba en los altavoces, entrecortando los temas por fracciones de segundo. Ni siquiera la épica ‘Más o Menos Bien’, envuelta en una puesta en escena lumínica tan sobria como acertada, lograría terminar de encajar con una acústica siempre difícil en esta cancha.

Dejando la gran pregunta en el aire de si mereció la pena ambicionar un recinto tan grande, Él Mató lograba mejorar poco a poco su sonido en directo, yendo de menos a más. ‘Tantas Cosas Buenas’ primero y ‘El Tesoro’ después, hacían reflotar la esperanza sonora, que se liberaría finalmente de sus castrantes ataduras en la colosal ‘Yoni B’. Si empezaba esta crónica recordando esas letras a priori facilonas, sin grandes ornamentos poéticos pero profundamente emocionales, esta es sin duda una de esas rolas que desde su simplicidad podría describir pasajes exactos de mi propia biografía. Y a juzgar por cómo fue celebrada, también las de muchas otras personas a mi alrededor. Himno incontestable, lanzado en el momento exacto, justo cuando lograban armarlo todo para sonar como siempre acostumbran, atronadores.

Desde ahí, pasión en estado puro, para reencontrarse en directo con la gambeta canchera de temazos como ‘El Mundo Extraño’, cantado junto a La Bien Querida, o ‘Chica Rutera’, coreada a pleno pulmón en un gran karaoke comunitario con cientos de brazos al cielo de Madrid. Con la adrenalina en la pista, pisarían a fondo el acelerador con un tramo final demencial.
Preparando la catarsis, ‘Ahora Imagino Cosas’ se ensamblaba con ‘Chica de Oro’. Da igual las veces que la haya escuchado y el tiempo que haya pasado; siempre consigue revolver mi sangre. Otra de las canciones que forman parte de mi educación sentimental y que, sí o sí, me hacen volver la vista al pasado más lindo. Fue mágico y siempre lo será. Seguramente, el mejor tema de toda su discografía.

Devolviendo el espíritu a la acción, ‘Mi Próximo Movimiento’ desataba el frenesí y los mejores pogos de la noche. Con el público totalmente entregado a la causa, se despedían al segundo bis de la velada, del que volverían para celebrar la amistad en comunidad con ‘Amigo Piedra’. Abrazados una vez más, para seguir girando junto a este mundo tan difícil como hermoso.
No sería este ni de cerca el mejor concierto que vi de Él Mató, pero en la imperfección está también la belleza que nos hace humanos. Seguiré volviendo a ellos una y otra vez. A esa terapia colectiva en la que nos siguen ayudando a entender quiénes somos y de dónde venimos. Gracias por tanto.





