Primavera Sound 2024 @ Parc del Fòrum (Barcelona)
Hace tan solo un año, Primavera Sound recibía uno de los golpes más duros de su biografía: un despiadado batacazo financiero en aquella aventura madrileña, que nos dejaría grandes conciertos al público, pero que frenaría en seco sus estrategias expansivas. En este 2024, también se harían frente a otras amenazas crecientes dentro del sector, como la dificultad cada vez más preocupante de este tipo de eventos en poder fichar a los cabezas de cartel más cotizados del mundo. Capaces de llenar varios estadios de manera consecutiva (sirva como ejemplo la última visita de Taylor Swift), estos artistas mastodónticos se ven con posibilidades de ganar, montándoselo por su cuenta, incluso sumas más exorbitadas que las que puedan ofrecerles los mejores festivales del planeta.
Con estas cartas sobre la mesa y más de dos décadas a sus espaldas, convertido en este tiempo por méritos propios, no solo en el máximo referente festivalero de la península, sino también en una marca con ambiciones en Latinoamericana y otros mercados, el festival de música catalán se veía obligado a volver a lo esencial. A apelar al espíritu más elemental y a situar de nuevo a Barcelona como único epicentro de la música en Europa durante toda una semana. Y es precisamente en su casa donde el festival recupera su mejor versión y todo cobra un sentido especial.

268.000 asistentes repartidos a lo largo de sus jornadas, y más de 260 actuaciones, volvían a dejar en buen lugar a la 22ª edición del Primavera Sound. Con muchas luces y algunas sombras, aquí os contamos sin filtros nuestra aventura por el festival.
Jueves 30 de mayo
No hay mejor manera de empezar un festival que acudiendo al mejor directo de punk que puede verse en la actualidad. Lo de Amyl and the Sniffers es una de esas experiencias que cualquier amante del género debería vivir, al menos, una vez en la vida. Especialmente engrasada en las distancias cortas, lo de la banda australiana es un exorcismo en el cara a cara. Baterías y líneas de bajo sonaban aplastantes mientras la diosa, la maestra de ceremonias, enloquecía sobre las tablas sin dejarse nada dentro. Amyl en acción es algo totalmente impulsivo, una visceralidad que nace desde lo más animal del cerebro primitivo para transformarse en espasmos, meneos, gritos, saltos, seducción, provocación, rabia y un sinfín de emociones salvajes más.

Una masa informe de manos, piernas, cabezas y varios cuerpos suspendidos en el aire, dibujaban nuestro particular skyline en zona cero, en esas primeras filas en el medio del escenario, desde las que gritábamos y bailábamos como condenados temazos como ‘Guided by Angels’, ‘Got You’, la reciente ‘U Should Not Be Doing That’ o esa ‘Hertz’ que desataba el pogo más efervescente del festival. Adrenalina quemada a fuego rápido y totalmente sudados para empezar por todo lo alto este Primavera Sound en el que, al primer bote se firmaba uno de esos conciertos para recordar siempre.
Con tal subidón en el cuerpo, no importaba esperar al concierto de unos Vampire Weekend que llegaban a Barcelona como uno de los reclamos del día. Para ser honestos, personalmente nunca entré en profundidad en su música y tampoco lo haría en un concierto más que correcto, con toda la formación sonando impecables. Será cuestión de gustos y de garra. No obstante, nada impedía celebrar himnos como ‘A-Punk’, que convertían la pista en un gran baile y tras la que nos despedíamos raudos para ver el final de otro de esos conciertos marcados en nuestra agenda.

Hasta el escenario Pull&Bear andábamos a paso ligero para degustar de primera mano la magia de L’Impératrice. Para mi gusto, uno de los conciertos (o finales de concierto) de la jornada, con la banda destilando su particular mezcla entre electrónica francesa y toques de italodisco. Todo ello con una puesta en escena brutal, con trajes espaciales retro y una iluminación a la altura. Puro estilo Mediterráneo convirtiendo Barcelona en un fiestón que celebraba cada beat. Cortes como ‘Agitations Tropicales’, su versión de ‘La Piscine’ o la definitiva y bien nombrada ‘Final’, nos devolvían las pulsaciones al torrente sanguíneo.
Cada vez que se anuncian los horarios de un macrofestival, ese día es el peor del año para su equipo de community management. En este Primavera Sound 2024, las redes ardían con el solape entre Pulp y Deftones. Desde aquí se tomó una solución salomónica; mitad y mitad, y como empezaba un poco antes el concierto de los californianos, allí nos plantábamos para rascarle unas canciones más al crono. Aunque nunca les había visto en directo, uno siempre se informa antes, y parece que la banda venía en esta gira con una energía aplastante que no quería perderme.

Tras una intro litúrgica con tintes de resurrección, Deftones subían a tierra pasándonos por encima desde el primer segundo. Sonaban los graves de ‘Genesis’ y, desde debajo de su capucha, Chino Moreno propinaba alaridos sin desafinar ni uno, brincando por todo el escenario frente a una marabunta de acólitos que flipaban con semejante arranque. Finísimos en su sonido y en su repertorio, los californianos no daban puntada sin hilo, pasando por esas canciones que encierran melodía y trallazos a partes iguales, como ‘Swerve City’o ‘Digital Bath’. Mucho más hardcore resultaban los pasajes de ‘Combat’ o ‘Lotion’, repasando algunos de los momentos más screamo de la formación. Con el corazón en un puño, y los acordes finales de la maravillosa ‘Sextape’, nos despedíamos de allí con ganas de escuchar más pero con la sensación de haber visto una gran versión de los Deftones. Por si alguien tenía alguna duda, están en una forma increíble.

De allí a revisitar otra leyenda, la de unos Pulp que llegaban como gran reclamo de la nostalgia en este Primavera Sound 2024. Desde su última visita al festival en 2011, muchas eran las ganas acumuladas de ver en acción a una de esas bandas esquivas y difíciles de ver. Con Jarvis Cooker como frontman total, su puesta en escena es la definición literal de la elegancia. Bailando o cantando desde las entrañas, Cooker tiene ese magnetismo, ese nosequé, que hace que todo lo que haga en un escenario tenga la capacidad de emocionarme. Al amparo de unos músicos con más clase que un colegio, abordaban a piano la sobria ‘This Is Hardcore’ para, poco después, volver a poner a bailar a decenas de miles de personas con ‘Do You Remember the First Time?’ y ‘Babies’, ese tema que, con el amargor y la añoranza de los primeros 90’s, encapsuló el tiempo y el sonido de una era para llevarlo a la eternidad.
Desde ahí un tramo final de altos vuelos, con el amanecer de ‘Sunrise’ extendiéndose en el horizonte sin prisas, Jarvis recorriendo cada poro de la seducción en ‘Underwear’ o el éxtasis colectivo de ‘Common People’, con ese estribillo imparable que nos apelaba a todos los presentes y que coreábamos desde las entrañas. Sin lugar a dudas, uno de los momentos más memorables que me llevaré de este festival. Pero aún queríamos más, y la banda volvía tras dos bises para rematar con ‘Razzmatazz’, esa canción que da nombre a una de las mejores salas de la Ciudad Condal. Todo perfecto, gracias.

Con un pequeño parón para cambiar al escenario de al lado y repasar lo que acabábamos de vivir, no hay tregua cuando toman el relevo Justice. Aún recuerdo como si fuese ayer, pasarme “a verles un rato” en una remota edición de un Mad Cool, antes de poner rumbo a la cama tras una jornada festivalera agotadora. Ese rato se transformaría en todo el concierto, quedando pegado como un mosquito a la luz más brillante. Y aquel show se grabaría en mi memoria como el mejor espectáculo de iluminación escénica que vi en mi vida. Con estos antecedentes, el dúo francés llegaba a Barcelona con ideas renovadas, volviendo a ser maestros del directo.
Con la habitual intro y una gran cruz marcando el camino de la mejor iglesia del mundo, los fieles entraban en júbilo con los primeros compases de ‘Genesis’ y un sonido abrumador, de esos que dan sentido a la experiencia de vivir un concierto en un gran recinto. Potencia de sonido que irían modulando a lo largo de su actuación, subiendo aún más en momentos especialmente marcados para volver a sorprender. Ahí sonaban rompepistas tan festivos como ‘Safe and Sound’ o ‘D.A.N.C.E.’, con todo el respetable entregado al baile más eufórico. Sobre su puesta en escena y su iluminación, es difícil describir con palabras lo que ocurre en el escenario de uno de sus conciertos. Trusses que suben y bajan, pantallas led, juegos de espejos y una maquinaria escénica que siempre esconde un truco más allá de la imaginación. Vivir un concierto de Justice es un desafío sensorial único, un viaje intenso en el que acabas tan apabullado como un ciervo cegado en mitad de una comarcal.

Totalmente vacíos por dentro, sin nada más que sentir en esta primera noche, no podíamos irnos de allí sin ver a una de las mujeres con más cartel en el universo de la música electrónica actual. Peggy Gou es uno de los rostros más reconocibles de esta escena y sus mezclas, entre el techno y lo melódico, suenan por medio mundo. La dj surcoreana es mucho más que su hit ‘(It Goes Like) Nanana’, y en Barcelona lo demostraba de nuevo por si quedaba algún escéptico. Totalmente fundidos, nuestra particular jornada inaugural terminaba ahí.
Viernes 31 de mayo
Con un cartel muy enfocado al pop, la segunda jornada nos llevaba a escenarios más minoritarios desde el comienzo de la tarde. Aquí nuestra cita imprescindible volvía a ser con el noise, con unos Yo La Tengo que, aunque son capaces de lo mejor y de lo peor en directo, siguen siendo una de esas bandas que siempre queremos ver. Por desgracia, no sería esta su mejor versión, encontrando dificultades para conectar con un buen sonido y haciendo un setlist que fue café para muy cafeteros, con grandes devaneos y pocas concesiones a sus canciones más inmediatas. Me quedo con ese tramo final en que soltaban ‘Fallout’ y la maravillosa ‘Tom Courtenay’ con la que es imposible no seguir creyendo que, pese a días malos, son los mejores en lo suyo.

No terminaría de entrar tampoco en una de esas propuestas que tenía muchas ganas de descubrir en las distancias cortas. Badbadnotgood comandan la vanguardia del jazz actual, ese género que, si se hace bien, siempre resulta moderno y en el que siempre hay espacio para la creatividad. Sin nada que reprochar a los músicos a nivel instrumental, tal vez en estos formatos ultrareducidos de los festivales, con tiempos de conciertos de menos de una hora, estas músicas cocinadas a fuego lento no terminan de romperlo salvo que se vaya al grano desde el comienzo.
Pero en esta jornada, hasta el momento insípida y con poca sal, aún faltaría la gran decepción, no solo de la noche, sino de todo el festival. Lana del Rey, cabeza de cartel más esperada del día y seguramente de todo el Primavera Sound 2024, atraía a una legión de seguidores que se amarraban a las primeras filas desde la apertura del recinto. Las mayores aglomeraciones de todo el evento se congregarían el viernes para ver a la diva norteamericana. Y haciendo gala de los peores defectos del divismo mal entendido, retrasaba su salida 27 minutos, algo impensable en un festival de música, donde todo va minuciosamente programado al minuto. Con nervios entre el público más militante e incluso algunos desmayos, cuando ya empezábamos a temer la cancelación, Lana saltaba a escena y la sorpresa era mayúscula al escuchar el bochornoso sonido que salía del escenario principal.

Leo totalmente atónito las ‘críticas’ de otros compañeros diciendo que su show fue íntimo y mágico. La realidad es que aquello sonaba como la carpa de un partido político en las fiestas populares de algún barrio, a un volumen tan vergonzoso que incluso los más acérrimos seguidores de la artista pusieron el grito en el cielo. Nunca mejor dicho. Algunos para cantar por ella las canciones, mientras desde las pantallas de realización se le veía con pocas ganas de hacerlo por sí misma, y otros directamente quejándose por lo que, sin paliativos, fue un espectáculo lamentable.
Personalmente creo que es el concierto más desilusionante que he visto nunca, teniendo en cuenta las expectativas que se presuponen para una artista de su talla, que toca ante una audiencia de más de 70.000 personas. En ese contexto, puede haber un show íntimo, pero si susurras las canciones, estas tienen que sonar y envolver al espectador hasta hacerlo pedazos. Bordeando el esperpento, Lana del Rey aún tenía agallas para finalizar el espectáculo quejándose públicamente de haber tenido poco tiempo de actuación, pese a salir casi media hora tarde. En fin, qué paciencia tienen los fans y qué valor la prensa de encumbrar una actuación así. Esto solo redondeaba una tomadura de pelo que, en el mejor de los casos, lo único que pudo provocarnos fue sueño.

El recinto volvía a vaciarse tras la performance de la reina de la bajona, y por suerte allí estaban The National para arreglar un poco todo este desaguisado. Carismáticos y siempre solventes, devolvían los decibelios al recinto con un Matt Berninger que siempre es un espectáculo en sí mismo. Sus canciones te apelan directamente, como también unas interpretaciones que en directo se convierten en algo atávico, en todo un ritual comunitario compartido de tú a tú. Y aunque se echaron en falta algunos de esos temas de nueva hornada con alma de hit sensiblero, como ‘Once Upon a Poolside’ o ‘This Isn’t Helping’, sí sonaban clásicos de este perfil como ‘I Need My Girl’. Todo ello para encarar un tramo final que, como siempre con ellos, estaría repleto de intensidad.
Otra de esas propuestas que llevábamos meses queriendo ver y que, por fin, nos servían en bandeja en este festival, era a Barry Can’t Swim. Convertido en una de las figuras más incipientes de la escena del clubbing, el dj escocés posee un estilo peculiar que le separa de casi todos los demás. Acompañado para la ocasión de una pequeña formación para acompañar algunas de sus canciones en live, y tras un comienzo algo dubitativo y también con problemas de sonido en el escenario Cupra, pronto tomaba el control de la situación y ponía a todo el mundo a bailar con las mezclas de ‘Dance of the Crab’ o el ritmazo de ‘Kimbara’. Solo un pero que ponerle a todo esto: pretender que un dj de cierta personalidad desarrolle una sesión solvente de electrónica en tan solo una hora es algo poco menos que imposible. Esta tendencia actual, cada vez más común, debería desecharse cuanto antes en directos de electrónica.

Más tiempo y más ornamento tenían unos Disclosure a quienes hace tan solo dos años veía en el escenario Cupra y ahora copaban el escenario principal. Lo hacían además con un directo con baterías e instrumentación, haciendo una sesión en vivo aún más sorprendente donde no sobraba nada. Aprovechando la oportunidad, la dupla británica desplegaba todos sus encantos y mezcolanzas con ‘Douha (Mali Mali)’, ‘Latch’ o ‘Tondo’, dando por fin, una rotunda alegría en un día tan grisáceo.
Sábado 01 de junio
Con ganas de revancha del día anterior y con ganas de dejarnos el resto, nuestra última jornada la empezábamos temprano en el Parc del Fòrum. Todo lo que sea necesario para ver a Slow Pulp. Desde que las descubrí de casualidad, llevo casi dos años suplicando en estas páginas que alguna promotora trajese pronto a nuestras fronteras a un grupo que lo tiene absolutamente todo. Con dos discos a sus espaldas, el último de ellos se colaba entre nuestros discos favoritos de 2023 con unas canciones pausadas y sensibles que no dejan de enredarse con la distorsión y la rabia. Sentimentalismo y bestialismo, la combinación perfecta.
Visiblemente agradecidas tras cada gesto del público que allí estaba, a pie firme, a primera hora para verlas, nos regalaban los guitarrazos de ‘Cramps’ o la melancolía de cortes como ‘Worm’, ‘Slugs’ o ‘Falling Apart’. Con la emoción a flor de piel y músicos y audiencia totalmente entregados a la causa, Emily Massey y los suyos guiñaban un ojo al estilo de Big Thief en ‘Broadview’. A golpe de voz y armónica, terminaban de partirnos en dos y nos dejaban la sensación de haber vivido un conciertazo incontestable. ¡Bravísimo!

Más madera con nuestro querido Depresión Sonora, al que elegíamos por encima de proyectos tan apetecibles como Royel Otis, Militarie Gun o Lisabö, bandas todas ellas de las que nos encantaría haber disfrutado. Pero a sabiendas de las dificultades que entraña ver a algunas de esas agrupaciones, a veces las ganas nublan la razón y solo puedes dejarte llevar. Así nos entregábamos a los brazos de la decadencia de unas letras que siempre bucean en lo turbio con una poesía que anhelábamos hacer nuestra en directo. Y sabes que has acertado cuando te encuentras en un pogo, a las siete y pico de la tarde, cantando puño en alto temas como ‘Ya No Hay Verano’, ‘Gasolina y Mechero’ o ‘Como Todo el Mundo’. Solo nos faltó más tiempo y, como reza esa canción que no tocó; “solo quiero más ruido, más ruido”. Esperamos volver a vernos las caras pronto en una sala.
Y de ahí a más himnos de estadio, en concreto casi todos los de la discografía de Él Mató a un Policía Motorizado. Por muchas veces que les haya visto, no me cansaré jamás de acudir a los directos de una de esas formaciones que forman parte de mi educación sentimental. Sin duda, la banda sonora de nuestras vidas. Y sonaron bien, como siempre. Tras el ya clásico e inmejorable comienzo con ‘El Magnetismo’, se sucedían los hits de estadio coreados con la máxima pasión posible desde el público. ‘Tantas Cosas Buenas’, ‘Yoni B’, ‘Ahora Imagino Cosas’ o ‘Chica de Oro’ son solo algunas de esas joyas que canté hasta dejarme la garganta. Para cerrar, un último gran pogo con ‘Mi Próximo Movimiento’, poniendo el broche dorado a una tarde apoteósica en el Fòrum. Una y mil veces, sin importar la hora ni el lugar, ellos serán siempre mis cabezas de cartel.

Al poco de terminar, las peores previsiones se hacían realidad y, mientras nos desplazábamos a ver a PJ Harvey, el cielo de Barcelona se rompía en un diluvio que ponía en jaque a todo el público no guiri, muchísimo más acostumbrado que nosotros a esto de los festivales bajo el diluvio. Alguna ventaja tenía que tener esto del truismo festivalero… Afortunadamente el recinto está perfectamente preparado para estas situaciones y nos refugiábamos en amplias zonas techadas donde muchos acampamos. Al menos un tiempo, ya que no me pensaba ir de allí sin escuchar a Polly Jean, otra clásica del festival barcelonés. A duras penas, aguantaba la lluvia para escuchar el tramo final de un concierto en el que agradecía a los asistentes su entereza y regalaba piezas como ‘Man Size’, ‘Dress’ o una ‘Down by the Water’ que en ese momento parecía aún más retorcida. Me habría gustado verla en condiciones y esa espinita me queda dentro. Espero que salga, algún día…

Misma situación para una Mitski con otro papelón por delante. Y, aunque no aguantamos mucho allí, es de admirar las ganas de una artista que lo daba todo sobre las tablas y recordaba al público con sus propias palabras que la lluvia, además de ser molesta, también podía ser muy sexy. En el tiempo que estuvimos allí, el ímpetu fue innegociable.
En un pequeño receso, también sacábamos la cabeza de nuestro escondrijo para disfrutar del emo noventero de American Football. Y es que, qué puede haber más emo que ver a Mike Kinsella y su grupo tocando las canciones de su álbum de debut, cumpliendo 25 años, bajo la lluvia. Allí estábamos el tiempo suficiente para escuchar al menos la nostalgia de ‘The Summer Ends’ y de ‘Honestly’. Poco después les veríamos en Madrid en sala y tampoco íbamos a forzar de más.

El cielo abría justo en el momento perfecto; para poder ver a Romy, seguramente otra de esas artistas que justificaban por sí mismas mi presencia en el festival. La tercera parte de The XX sacaba el pasado año el mejor disco de dance de la temporada. Un disco de cantaditas directo al corazón, con una sensibilidad arrolladora que hace temblar cualquier barrera emocional. Su directo fue justo lo que se esperaba de ella. Un sonido envolvente y pluscuamperfecto, su voz surcando las mezclas que se lanzaban desde la mesa y el público con el alma contenida en cada verso y en cada beat. Una conexión de esas que solo se puede hilvanar a través de la música, y con la que se quedaba para siempre a vivir dentro de nosotros con canciones como ‘Angels’, ‘Strong’ o una ‘Loveher’ que conseguía erizarme la piel. Y qué decir del éxtasis hedonista, sin dejar de lado el corazón, de ‘Enjoy Your Life’, con miles de manos al aire, abrazos y sonrisas alrededor. ¡Qué bonito fue esto, joder!
Sin ganas de dejar el ambiente festivo, nos acercábamos a ver de nuevo a unos Alcalá Norte a los que este año vamos a ver hasta en la sopa. No importaba haberles visto hacía una semana en Tomavistas, allí estábamos otra vez para celebrar junto a los madrileños esas canciones de aura post-punk. Con un gran monolito del centro comercial de su barrio, del que toman su nombra, los de Ciudad Lineal perfeccionaban su fórmula en directo, pudiendo ver en tan solo una semana una progresión notable. Sonaban aún mas rotundas tonadillas como ‘Supermán’, ‘La Calle Elfo’ y, sí, también ‘La Vida Cañón’, a la que nos entregábamos con los brazos abiertos en un pogo trepidante. Otro de esos recuerdos para enmarcar.

Comandando el arreón final y ya sumido el público en la catarsis festivalera que comenzaba a vislumbrar su final, Charli XCX se erigía como reina absoluta de las performers. Sin ser yo nada partidario de este tipo de puestas en escena, con una artista sobre el escenario, unas bases lanzadas directamente a la PA y un cámara grabando, con lo que hace en directo Charli XCX solo puedes tirar las armas y aplaudir hasta dejarte las manos. Tremenda onda la de la británica, que se comía el escenario bailando y cantando sobre unas bases totalmente abrasivas. Fue uno de los bolos de la noche y llenó Barcelona de alegría y sudores con temas como ‘Speed Drive’, ‘365’ o esa ‘I Love It’ que en su día le catapultaría a la fama con su colaboración y que ahora nos lanzaba a los presentes al delirio.

Llegados a este punto, y tras tal subidón, no quedaba otra que seguir y rematar la fiesta arriba. Ahí hacía su función DJ Playero, quien ya a las 5 de la madrugada prometía que, por su parte, habría seguido hasta el amanecer. Y hasta ahí precisamente aguantamos nosotros de la mano de Teki Latex, quien no quiso saltarse las grandes tradiciones del festival y colaba en la antesala al cierre, y con la claridad del alba ya en el cielo, la míticaza ‘Don’t Stop Beliving’ de Journey. No se me ocurre mejor final para cualquier historia de sentimientos y emoción. Como aquel final de ‘Los Soprano’, nuestra historia acaba con otro fundido a negro y grandes personajes y vivencias que seguir rumiando en nuestra siempre dura resaca emocional. Y es que con el Primavera, vengan como vengan los avatares del destino, la máxima siempre se mantiene: Nunca dejes de creer.





