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Anlaki – «Radio Tower» (2021)
Dark Light

Anlaki – «Radio Tower» (2021)

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Al amparo de la baja fidelidad de las ondas de radio, Anlaki convertía su habitación en una estación desde la que emitir sus sentimientos más nostálgicos. Lanzados al aire en forma de ondas invisibles para quien quiera sintonizarlos. Casi como un naufrago pidiendo ser encontrado. Por aquí hemos recibido su señal y hemos entrado al completo en el mundo de Julen Izkue. Un universo que, si bien no es para todos los públicos, recoge la pureza del lo-fi más independiente en su mayor expresión. Grabado literalmente en su dormitorio durante el desdichado 2020, «Radio Tower» es la traslación sonora de una serie de estados de ánimo donde muchas veces escuchamos cortes desafinados o distorsionados que encajan a la perfección con cómo nos hemos sentido muchos durante esa etapa; confundidos y lejos de toda armonía.

Así arranca Anlaki con la canción que da nombre al disco. Sin contemplaciones y sin tratar de engañar a nadie, con una guitarra desafinada que horrorizará de primeras a los que no quieren ver más allá de la forma. Y es que dentro de toda esta corteza de grabaciones imperfectas hay un discurso que bebe de la misma melancolía decadente de artistas como Alex G. En esta línea escuchamos las fantásticas ‘Longo Mai’ o una ‘Pippermint Train’ que sueña con escapar y expandir esas cuatro paredes para viajar al pasado. Con un poso emo que se respira cercano al espíritu de los inigualables American Football. Con atmósferas emo suena también ‘Aesthetic Headache’, donde la distorsión y las reverbs infectan las guitarras. Aunque para texturas de onda recortada, ahí está esa ‘Not Even High’ de cadencia imparable y cálida. Temazo que me recuerda por momentos a los maestros en unir melodía, ruido y nostalgia. Me refiero, como no, a los Jesus and Mary Chain y sus primeros discos de corazón lo-fi.

Desafinando a más no poder las cuerdas, el inicio de ‘Maybe Anger’ esconde otro ritmo que calienta como el sol de invierno. Igualmente rotas suenan ‘Memories Fading’ y la hipersaturada ‘Radio Tower II’. En la experimentación total, Julen Izkue mete flautas y falsete a tope en ‘Stupid Love Song’, canción efímera donde se disfraza de una especia de juglar folk del bedroom pop. Rapidez que se traslada a ese interludio random de ensayos de diferentes estilos en ‘Shitty DJ’, reflejo perfecto de lo que nos aburrimos durante una cuarentena en la que todo nos terminaba agotando en cuestión de segundos. En tonos más oníricos, siempre con el deseo del escapismo en la frontera mental, nos topamos con ‘Glitching’ y con ‘Teenage Loyalty’, una pieza en cuyas capas sonoras podemos evocar la morriña de músicos como Matt Kivel, especialista en devaneos ambientales. En definitiva un álbum lleno de suavidad e intimismo bajo su apariencia, afeada a posta, que da testimonio de un tiempo nada agradable que, aunque muchos se empeñen en edulcorar, ha sido objetivamente una mierda para la inmensa mayoría. Al menos han salido discos como este.

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