Toundra – «Siete» (2026)
Con su séptimo álbum, Toundra abre una nueva etapa en su trayectoria al apostar por la autoedición y la autogestión total. Una decisión que les permite tomar las riendas de su propio proyecto y que llega casi veinte años después de aquel primer álbum de 2008. Pero ¿cómo suena una banda que, después de tanto tiempo, sigue explorando nuevos caminos sin perder su identidad?
Escuchar a Toundra siempre es una apuesta segura para quienes nos desconectamos del mundo con el primer café de la mañana. Con «Siete», los madrileños vuelven a demostrar que la música instrumental sigue siendo su terreno natural, aunque esta vez hay cambios que merece la pena tener en cuenta.
La apuesta por un sonido más desarrollado, con mayor presencia de los sintetizadores, abre nuevas vías de experimentación, aunque no siempre consigue el mismo efecto.
Lo interesante es ver que una banda puede mantener su identidad sin quedarse atrapada en ella. Casi veinte años dan para mucho y, en «Siete», Toundra sigue explorando sin renunciar a aquello que les hace reconocibles.
Desde aquel primer álbum de 2008 hasta «Siete», publicado en 2026, han pasado casi dos décadas, pero hay algo que permanece: siguen sonando a Toundra. Su manera de construir las canciones, de hacer crecer las guitarras y de mantener la tensión sin recurrir a las palabras permite reconocer su sonido pese al tiempo transcurrido.
Sin embargo, hacia la mitad del disco, ‘Costa Roja‘, con su oscuridad, no llega a emocionar como lo hace ‘Rapier‘. Aunque la apuesta por explorar otros terrenos resulta interesante, el tema no termina de encontrar esa conexión emocional que sí consiguen otros momentos del álbum.
Aun así, el disco guarda temas que justifican la escucha. La contundencia de ‘30960‘, con esa electrónica celta que parece transportarnos a una travesía por alta mar, destaca por sus notas agudas de guitarra, que susurran epicidad. En ‘Sizigia‘, las guitarras van construyendo una atmósfera que te envuelve poco a poco, manteniendo la tensión y haciendo crecer la canción sin caer en los clichés del género.
Quizá esa sea una de las cuestiones más interesantes de este último trabajo de estudio: comprobar que, casi veinte años después de sus comienzos, Toundra sigue siendo reconocible, aunque no todas sus decisiones musicales lleguen con la misma intensidad. La experimentación forma parte de su evolución, pero es en la contundencia instrumental y en la construcción de atmósferas donde Toundra sigue demostrando todo lo que es capaz de hacer.






