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La Estrella de David @ Sala El Sol (Madrid) 10-09-2026

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Agazapado tras las escaleras, David Rodríguez se asoma temeroso como un animal que sale de su guarida. ¿O quizás viene de vuelta? Así se presenta desde su portada «Máximo» (2026), sucesor en su discografía en solitario de aquella otra referencia convertida en icono del indie en castellano. Sí, me refiero a aquel disco en el que, aquí sí, salía de un portal, en este caso a tirar la basura («Consagración», 2018). Entre medias, otro álbum junto a Maria Rodés, en el que David exploraba su cara más luminosa respecto al amor («Contigo», 2021). Por supuesto, sin dejar nunca de lado ni la ironía ni la acidez.

En este regreso al refugio, a la penumbra del rellano y del gotelé, La Estrella de David vuelve a medirle el pulso a esa prosa marca de la casa; historias de romanticismos inciertos, con unas letras tan llanas en sus formas como agudas en sus significados. Una espontaneidad revestida con melodías pop de las que enganchan, sin perder por sus andanzas el nervio del mejor noise guitarrero. Y así, junto a un equipo de vecinos de escena creado para la ocasión, el ciclo de conciertos Mazo le levantaba de la cama para citarle una vez más con el público madrileño. El mismo que agotaba las entradas de la Sala El Sol para escucharles en directo.

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Macuto al hombro, David Rodríguez salía a las tablas y extendía por el escenario sus cachivaches. Del bolsón sacaba también una pequeña agenda con notas manuscritas, como quien lleva apuntada la lista de la compra. Conectaba su guitarra y con puntualidad inglesa comenzaba a repasar su nuevo cancionero con ‘Yo quiero enamorarme de ti’. Sonando contundentes en las guitarras y en las distorsiones, en ‘Acordándote de mí’ la banda se aproximaría al universo sonoro de mitos como Yo La Tengo o Sonic Youth. Mientras tanto, en la mezcla de la sala se terminaban de ajustar unas voces que irían entrando poco a poco.

Barriendo para casa, abordaban una ‘Haciendo el tonto’ en la que Nacho Vegas podría haber escrito algunas líneas, combinadas en la forma de cantarlas con la chulería rockera de Burning. También viajaban al pasado, cómo no, dentro de la escuela del ruido controlado, con ‘Maracaibo’, esa canción por la que hubiesen matado Los Planetas. Mucha clase, de aquí y allá, para acabar sonando siempre a él, con esa maravillosa épica que nace de las cosas cotidianas que se tuercen.

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Canciones que suenan a verdad, tocadas cada una de ellas en menos de dos minutos, para sacar a relucir una discografía que contiene en su haber desde clásicos instantáneos como ‘Andrés’ hasta algunas de las canciones más representativas de su escena musical. Si no lo digo, reviento; ‘Noches de blanco Satán’ primero y ‘Cariño’ después, dejaban claro en la sala que David Rodríguez ha escrito algunos pequeños himnos populares del indie de verdad. Celebrados como tales por un público que los corearía como si fuesen autobiográficas cada una de sus frases.

La banda se retiraba sin intención de salir a bises, volviendo a la palestra forzados por los vítores y sincerándose con un escueto: «bueno, no hemos preparado nada más». Desde ahí, nos llevaría más adentro en su retirada a la alcoba con la primeriza ‘Tremendas Amazonas’ y sus estrofas proféticas: «Quédate aquí y cierra la puerta, que ahora el mundo vuelve a dar asco». Todo ello para acabar con humor, tomándoselo a coña en ‘Tinto de verano’, en la que emulaba a un guiri cantando aquel tema desenfadado que hicieron para reírse un rato Junco y Diamante. O lo que es lo mismo, Joe Crepúsculo y David Rodríguez. Y ahora sí, nos mandaban de vuelta a nuestras moradas, todos un poco más contentos que cuando llegamos.

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