Nacho Vegas + Suede @ Pirineos Sur (Lanuza) 10-07-2025
Con más de 30 años de leyenda y situado en un enclave de cuento, con un escenario flotante sobre el pantano de Lanuza, Pirineos Sur se ha convertido con el paso del tiempo en mucho más que un festival de música. Fue durante décadas un punto de encuentro entre culturas, hilvanando músicas de diferentes latitudes hasta crear un tejido mestizo cosido a la piel de la roca, a la corteza de todos esos árboles que parecen ser testigos vivos de su historia.
También lo son sus aguas, tan esenciales como cambiantes por su propia naturaleza. Las mismas que se han ido llevando poco a poco algunas de las cosas que estuvieron ahí desde los inicios para traer otras nuevas. Por ejemplo, la valla que este año, por primera vez en la historia del evento, separa el auditorio de la orilla del pantano, impidiendo que los más eufóricos puedan meterse hasta la cintura en el agua para vivir los conciertos aún más cerca. Un pequeño atentado contra la pasión y la libertad, justificado desde la seguridad, que dejaría apesadumbrados a los más veteranos del festival pirenaico, conscientes de que se perdía algo sustancial de su personalidad. Ojalá recapaciten y vuelvan a quitarla. Ya hay demasiadas fronteras en este mundo como para inventarse nuevas.

Por suerte, algunas cosas no cambian y el pulso de Pirineos Sur seguiría latiendo con otra jornada de música para el alma. Así es el legado sentimental que ha dejado escrito en canciones Nacho Vegas. Una brújula de emociones salvajes que volvería a apuntar directa a nuestro corazón. Una que no dudaría en perdernos por los senderos más espinosos del amor, con composiciones tan poéticas como ‘Nuevos planes, idénticas estrategias’ o la también tortuosa ‘Crujidos’, con la que algo volvía a quebrarse dentro de mí. Da igual las veces que hayas vivido estas canciones, en directo y con una temperatura de 18ºC y en descenso, conseguirían erizar una vez más cualquier piel sensible que las escuchase.
Dejando la crudeza por un momento de lado, y al amparo de su banda de sospechosos habituales, el bardo astur recuperaba la cara más cariñosa del bestialismo en ‘El don de la ternura’, meciéndonos por las aguas de Lanuza con su suavidad instrumental. Y sin salir de la emoción familiar, ‘Fiu’ era brindada al cielo de los Pirineos por el hijo de Cristina Vegas. Sí, antifascista. Una vertiente política explorada a lo largo y ancho de toda su discografía, que adquiría el apelativo de himno en ‘Cómo hacer crac’. Una de esas canciones que, hace ya muchos años, supieron hacernos entender que lo personal también es político. De la misma manera que lo haría ‘La gran broma final’. Otra letra con la capacidad de dejarte atónito, paralizado en mitad de la comarcal como un ciervo cegado por un todoterreno que se aproxima hacia él a gran velocidad.

Con más violencia, ‘Morir o matar’ repasaba su biografía más oscura con otra puñalada directa al pecho. Sonando inconmensurable, con una acústica perfecta al amparo de la montaña, volvería a pincharme por dentro. Todo para bajar de nuevo la tensión dramática con la calidez de ‘Mi pequeña bestia’. Una de las tonadillas más destacadas de su último disco, el bien titulado; ‘Vidas semipreciosas’ (2026). Siempre en los claroscuros del espíritu, tan difusos y vulnerables como nuestra propia existencia.
Conocedor de las sombras y las luces en primera persona, Nacho Vegas se maneja por esa penumbra mejor de lo que se haya podido mover nunca ningún otro cantautor en lengua castellana. Solo así se pueden escribir canciones como ‘La pena o la nada’, cantada por la comunidad a viva voz, con su definitiva enseñanza metida en un bucle: “Entre el dolor y la nada, elegí el dolor”. Pues eso, estamos vivos, maestro. Gracias por recordármelo una vez más.
Con la sensación de haber vivido ya el concierto que motivaba mi presencia en esta jornada del festival oscense, después de vaciarme por dentro con semejante arreón emocional, tocaba coger aire y relajarse para el tono más festivo y ligero de Suede.

Hacía algunos años que no veía a la banda inglesa y aquí también parece haberse detenido el tiempo. Les recordaba exactamente así; sonando gordísimos desde un arranque electrizante y sin contemplaciones. Los guitarrazos de ‘Desintegrate’ hacían desaparecer cualquier prejuicio o pereza a golpe de pegada. Con un Brett Anderson totalmente atávico, que maneja a la perfección todos los códigos del rock and roll. Un frontman total capaz de levantarte cualquier concierto, al frente de una banda que no se doblegaría a la nostalgia, defendiendo en directo discos tan solventes como su reciente ‘Antidepressants’ (2025).
Visceral y expresivo, a sus casi sesenta años, Anderson se reboza por los suelos, se pone de rodillas y arenga a la audiencia en cada nueva canción. Agradecía en perfecto castellano el cariño de un público, quizás demasiado heterogéneo y por momentos algo parado, pero entre el que destacarían unas primeras filas incansables, repletas de acólitos de la formación londinense. Ahí se cantaron con fulgor, y de seguido para firmar otro inicio apabullante, temazos tan incontestables como ‘Trash’ o la tremenda ‘Animal nitrate’. Siempre con esas guitarras de corazón glam cruzándose por el britpop noventero para definir un sonido que les haría característicos entre todo ese movimiento.

Más graves sonarían cortes a los que añadían un ramalazo doom como ‘Filmstar’, con Anderson haciendo volar el micro como si de de una honda se tratase. Una pedrada que volvería a impactar en nuestras cabezas con ‘So young’, con el eternamente joven Brett Anderson subiéndose a los monitores mientras pedía más y más al público. Dejándose todo de su parte, ‘Metal Mickey’ anticipaba un clímax que se dibujaría aún más con la canción más britpopera de toda su discografía. Me refiero a la peculiar ‘Beautiful ones’, tema que les acercaría en lo melódico a los Blur más juguetones, al glam de David Bowie en los estribillos, pero también a las guitarras de rock progresivo de Led Zeppellin. Todo en uno.
Ya en los bises y sin sacudirse la brillantina de la melancolía más setentera, se despedían con una ‘Saturday night’ que en las distancias cortas se sentiría mucho más tabernaria respecto a su versión de estudio. Algo así como su propia ‘Sweet Caroline’, que sería coreada por última vez por sus fieles en otro cierre a la altura de su clase.






