Festival Tomavistas 2025 @ La Caja Mágica (Madrid)
Tan de Madrid como Tomavistas, así rezaba el lema de la octava edición del festival madrileño, convertido por méritos propios en uno de los clásicos de la temporada. Un festival que subía el envite respecto a 2024, ampliando a tres días su programación. Una decisión que no se traduciría en más público, quedándose bastante por debajo de los datos de asistencia del pasado año, congregando a 12.500 personas durante sus tres jornadas en el recinto de la Caja Mágica.
Los avatares el público siempre son inescrutables pero, números aparte, Tomavistas lograba programar un cartel a la altura de sus mejores ediciones. Volvían a recopilar algunas de las propuestas más interesantes del panorama nacional, siempre con una visión muy ecléctica, donde tienen cabida desde Amaia o Judeline hasta grupos a priori tan alejados en lo sonoro como Biznaga, La Élite o Depresión Sonora. Todo ello acompañado de nombres internacionales de la talla de Romy o Caribou poniendo el contrapunto electrónico.

Jueves 29 de mayo
La primera jornada de Tomavistas echaba a rodar con los termómetros marcando 35º, con Xenia y Barry B sudando la camiseta en plena hora punta. Nuestro paso por el festival comenzaría justo después, para llegar a tiempo al concierto de pablopablo. La suya es una de esas propuestas emergentes llamadas a llegar lejos y tenía ganas de ver por primera vez cómo respiraban esas canciones de alma intimista que, pese a su corta carrera, ya han encontrado el respaldo de grandes nombres de la escena como Amaia o Guitarricadelafuente. El momento más celebrado de la actuación sería cuando saltaba a escena Ralphie Choo, para abordar juntos ‘Eso que tú llamas amor’, para poco después dedicarles el cierre a sus padres, Jorge Drexler y Ana Laan.

Desde ahí al escenario principal para escuchar lo que tenía que decir Jimena Amarillo. Convertida en uno de los estandartes de la generación zeta, despachaba su mejunje de pop romanticón, y reivindicativo por momentos, con sus bases más procesadas. Pese a no conectar con su directo, una cuidada puesta en escena con coreografías y una gran cabezuda en el escenario terminarían por hacer las delicias de sus seguidoras más afines.
Tirando también de corazón y puesta en escena con bailarines, Judeline se plantaba en Tomavistas como uno de los platos fuertes del jueves. Se subía a las tablas después de estar dos meses, como ella misma decía, girando por gringolandia y con muchas ganas de volver a tocar aquí. Con una performance de espíritu teatral, a medio camino entre el erotismo kink y las relaciones tóxicas, la gaditana lograría encarrilar un show por momentos excesivamente plano, dejando varios destellos de gran belleza. Me quedo con esa ‘Zarcillos de plata’, con la que conseguía enmudecer el recinto y tocarnos la fibra.

Y de una aspirante a reina del pop a otra que es ya el santo y seña de las voces femeninas del panorama nacional actual. Amaia hace tiempo que ya no necesita presentaciones, y es admirable la deriva que le ha dado a su carrera tras salir de un programa como Operación Triunfo, haciendo canciones personales y sin desvincularse de la escena musical independiente. Prueba de ello son sus letras, con reminiscencias a bandas como Él Mató o la sentida versión de ‘Santos que yo te pinté’ de Los Planetas con la que, sin imposturas, se metía en el bolsillo al público más indie.
Amaia es una artista total que hace de todo y todo bien. Toca la guitarra, el arpa, el piano, baila y canta con un torrente vocal capaz de romperte algo por dentro. Acompañada además por una banda magistral a la que presentaba tomándose su tiempo en un bonito gesto, abordaba temas de pop cristalino como ‘La vida imposible’ o ‘Quedará en nuestra mente’, que parecen seguir la estela de La Bien Querida.

Dedicaba también un cariñoso homenaje a su abuela fallecida en ‘Despedida’ y repasaba otras relaciones familiares en ‘M.A.P.S’. También se ponía flamenca en ‘Yamaguchi’, donde sacaba la fuerza vocal de las grandes cantaoras. De haber nacido en Cádiz en vez de en Pamplona, seguro que más de uno la comparaba con Lola Flores. Un arte que catalizaba definitivamente en ‘Tengo un pensamiento’, defendida en directo ante el silencio sepulcral de la gran mayoría de la audiencia, firmando uno de los momentos más emocionantes que dejará este Tomavistas 2025.
Cerrando la noche, tocaba repasar la leyenda del rap, revistando a una de las esenciales de la rima en castellano. Aún recuerdo ser un adolescente y comprar uno de los primeros CDs que adquirí en mi vida. Era el «Esencia Hip Hop Vol. II», un recopilatorio que trataba de describir la escena nacional del rap de finales de los ’90 y principios de los 2000. Mucho antes del nacimiento del trap y del reggaeton, allí estaba la Mala Rodríguez. Representando la voz de las mujeres en una escena petada de testosterona, con tíos que cantaban cosas que a día de hoy serían políticamente incorrectas, chirriantes o directamente machistas y de mal gusto. La música de la Mala tendrá sus seguidores y sus detractores, pero estar ahí en ese momento, siendo mujer, era un acto de valentía y reivindicación, y es de ley reconocérselo.

Celebrando el 25 aniversario de su disco más laureado, «Lujo Ibérico», la Mala deleitaba al respetable con cortes como ‘Tengo un trato’, ‘Yo marco el minuto’ o ‘La cocinera’, al amparo de unas bases clásicas que no pasan de moda. Siempre con la actitud y la garra marca de la casa, la liaba en el tramo final invitando a subir al escenario al público, provocando el correspondiente microinfarto del equipo de seguridad. Gran cierre para una primera jornada.
Viernes 30 de mayo
Segunda jornada que arrancaba de nuevo desde bien temprano en la Caja Mágica. Por aquí tocaba dosificar energías hasta el concierto de Karavana. Contraprogramados con los británicos, Doves, el grupo madrileño tocaba en casa y se notó. Guitarrazos desenfadados en esa carpa convertida en una sauna gigante, donde algunos entraban al pogo desde bien temprano bajo temas como ‘Strokes’ o, la también muy strokiana, ‘Madrid’. Uno de los últimos himnos del pop-rock dedicados a la ciudad de los gatos.

Sin escape posible hacia otro concierto, el siguiente paso era acercarse al escenario principal para recibir a unos Love of Lesbian que tocaban sin solapes. Ellos protagonizarían uno de los conciertos más multitudinarios del festival y, al mismo tiempo, uno bastante descafeinado dentro de su dilatada trayectoria. La banda capitaneada por Santi Balmes parece impertérrita ante el paso del tiempo y sigue siendo referencia absoluta para sus incondicionales. No sería justo decir nada especialmente malo de ellos, menos aún en lo verdaderamente importante, cuando se posicionaban en la palestra contra el genocidio en Palestina. Con una banda de lujo en lo instrumental, tiraban de oficio y hacían felices a sus fieles, quienes acto seguido abandonaban en tropel el recinto dejándolo huérfano.

Para los supervivientes de la gran evasión, aún quedaba festival. Bombay Bicycle Club conseguían domar un poco el sonido del segundo escenario con sus ritmos bailongos de guitarras y percusiones. Algo meritorio, a juzgar por lo que sucedería durante todo el festival en un escenario al que, por muchos momentos, le faltó potencia y definición. Repasando sus temas de ayer y de hoy, los londinenses celebraban veinte años de canciones dejando pasajes tan disfrutones como ‘Always like this’ o la inicial ‘Eat, sleep, wake (Nothing but you)’, con la que abrían por todo lo alto.
Un buen rollo que se contagiaba de vuelta al escenario Tomavistas para acoger la actuación de Caribou. Con un sonido, ahora sí, con capacidad para pasar por encima de las primeras filas, Dan Snaith ponía la directa con un arranque arrollador, en el que los visuales se alternaban con temazos de nueva hornada como ‘Volume’. Clásicos como ‘Sun’ u ‘Odessa’ también crecían en directo, con todos esos loops pregrabados en riguroso directo, con percusiones y una banda capaz de hacer de la electrónica algo profundamente orgánico.

Sin caer nunca en lo facilongo pero sin perder ni un seguidor, combinaban los pasajes más experimentales de jams y cacharreos con clásicos tan bailables como ‘Never come back’ o una ‘Can’t do without you’ con la que se despedían bordando uno de los conciertos más reseñables de esta edición.
Sábado 31 de mayo
Con la expectación en lo más alto, abría una última jornada plagada de joyas musicales de aquí y de allí que, no obstante, volvería a no conectar con grandes cifras de audiencia. Daba igual, todo comenzaba en nuestra hoja de ruta por Biznaga, quienes volvían a Tomavistas para volver a tocar con el sol de cara en pleno bochorno madrileño. Tal y como recordaban ellos mismos sobre el escenario, la última vez que tocaron en la hora de la siesta, bajo otro sol de justicia, fue en otro Tomavistas. Por supuesto, allí estuvimos también y esta vez tampoco les íbamos a dejar solos.

Tiraban la casa abajo desde bien temprano, yendo a la yugular con cortes como ‘Una Ciudad Cualquiera’ o metiendo caña con sus consignas políticas, siempre bien tiradas en temas tristemente tan necesarios como ‘El futuro sobre plano’ o ‘La gran renuncia’. Afilaban las cuerdas hasta literalmente partirlas en ‘Una historia de fantasmas’, donde tras saltar una cuerda del bajo y un fallo en la batería, se daba por concluida entre carcajadas, tras un intento de continuarla en un ritmo rapeado. Se celebraría también, como el hit generacional que es, una de sus canciones más poperas hasta la fecha. Para todos y todas, ‘Madrid nos pertenece’ volvía a unirnos en lo importante, para cantar su estribillo puño en alto al cielo de la capital de los malditos.
Para entrar en la música de Depresión Sonora es necesario haber estado alguna vez un poco roto. Conocer el amargor, haberse enamorado hasta las trancas y haberle ganado alguna partida a la muerte. Solo así se abre de bruces ante ti una de las prosas más agudas y sensibles de su generación. Y para aquellas personas que solo ven en su música la primera parte, la de la depresión y el postpunk oscuro, merece la pena darle una vuelta a esas letras que rezuman romanticismo y hedonismo a partes iguales. Como gritamos a pleno pulmón el pasado sábado; ¡La vida es nuestra, es de los vivos!

Depresión Sonora eran, sin duda, mi particular cabeza de cartel de todo el festival, y ahí nos agolpamos en las primeras filas los adeptos a su causa para sostener en volandas un sonido enlatado e insuficiente. La trampa acústica del escenario Glo atrapaba también a la formación madrileña, que no obstante se abriría paso gracias a toda una ristra de hits coreados desde abajo. Desde ‘Fumando en mi funeral’, ‘Como todo el mundo’ o ‘Veo tan dentro’, hasta la tralla de ‘Donde están mis amigos’ o la siempre imprescindible, ‘Ya no hay verano’, con la que comenzaba la aventura musical de Marcos Crespo en plena pandemia. Aún sigo flipando de que este tío pudiese escribir con apenas 23 años una canción tan salvaje como ‘Gasolina y Mechero’. A ella nos entregábamos a pecho descubierto. Ya sabes; El tiempo nos dará razón, enamórate, nos morimos igual.
Con la adrenalina en el cuerpo, nos movíamos apenas unos pasos, al escenario de al lado para seguir bailando con Yard Act. La banda de Leeds es otra de esas especies raras que tanto nos gustan. Con el carismático James Smith enloquecido sobre las tarimas, su particular fábrica de baile hacía más alegre la Caja Mágica con cortes imparables como ‘Dream Job’ o ‘The Overload’, entre otras. Tonadillas con las que surcan por momentos el espíritu de los Talking Heads. Son uno de esos nombres que te levantan un festival y ojalá poder disfrutarles pronto en salas.

Momento entonces para tomar una decisión ante un solape difícil: continuar la jarana con Camellos o zambullirse en el post-rock de Mogwai. Habiendo visto decenas de veces a los primeros, la moneda caía del lado de los escoceses, a quienes también se les atragantaría el sonido del escenario secundario. Tal vez tampoco era el horario perfecto para ellos, a la contra del ritmo festivo de todo lo anterior. Desde luego no lo sería para quien escribe estas letras. No logré entrar en su propuesta y me acabó pareciendo una letanía de guitarras que seguramente hubiesen requerido más calma por mi parte y mejores condiciones ambientales. Simplemente no era el día ni la hora para lo contemplativo.
En la carpa, Camellos nos acogían con la fórmula infalible que tantas otras veces antes nos ha levantado del letargo. Da igual las veces que les hayas visto. No hay espacio para la pereza con clásicos como ‘Becaria’, ‘Tentaciones’, ‘Mazo’ o ‘Candorro’. Pogos, risas y de vuelta la diversión. ¿Qué más se puede pedir en un festival?
La tensión, no obstante, volvía a cortarse de golpe con la electrónica ambiental de Kiasmos. Sonando muy bien, pero sin alternativa, volvían a congelar las pulsaciones del Tomavistas, dejando en jaque el ambiente más rumbero. Y esta sería precisamente una de las grandes contradicciones de este festival, que eminentemente abierto desde sus inicios, en esta jornada llevaría demasiado lejos esos cambios drásticos de compases y también de públicos, quedándose un poco en tierra de nadie en ambos lados. Solo La Élite serían capaces de levantar de nuevo aquello con su desfibrilador makinero. ¡Y vaya si lo hicieron!

Seguramente fue el mejor concierto del escenario Glo y uno de los más disfrutables de todo Tomavistas. La dupla compuesta por Diosito y Yung Prado es sinónimo de rave y pogo, y nunca falla en estas lindes. Políticamente incorrectos en sus letras, tampoco se arrugan con medias tintas en lo más correcto de la política; denunciar el genocidio en Palestina y negarse a participar de él, saliéndose de todos los festivales de música que rinden cuentas al fondo pro-sionista KKR. Conciencia humanitaria aparte, canciones tan descerebradas como ‘Contento de ser feo’ o ‘Mata a tu jefe’ volvían a ser cócteles molotov en directo. Mención aparte para una ‘Vampireando’ en la que salta a escena un desbocado Torete (Error97, Biznaga) o esa ‘Bailando’ con la que ponían todo patas arriba. Pura esencia la de estos dos personajes de difícil clasificación.
Solo quedaba rematar todo aquello con la cadencia dance de Romy, una de las grandes bazas del festival y una artista que se prodiga muy poco dentro de nuestras fronteras. Siendo el suyo uno de mis conciertos favoritos de 2024, paradójicamente tampoco conseguiría en esta ocasión terminar de entrar en su actuación. Sí dejaba algunos brillos de nostalgia sintetizada, con cantaditas tan redondas como ‘Loveher’ o la animosa ‘Enjoy your life’.
Así se cerraba otro capitulo de uno de los festivales a los que más cariño le guardo. Con sus idas y venidas, siendo esta una edición que generó bastantes dudas, Tomavistas ha patrocinado algunos de los momentos festivaleros de mi vida musical durante toda su existencia. Si nada cambia, volveremos a encontrarnos de nuevo el próximo año para celebrar su décima edición.





