50 años de Sticky Fingers, una de las obras maestras del rock and roll

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En la esencia del rock and roll siempre ha estado la provocación. También ese toque de transformación, chulería y egolatría necesarias para el cóctel. De todo eso, los Rolling Stones siempre fueron y serán la banda por antonomasia. Los máximos exponentes, le pese a quien le pese. En esa eterna rivalidad mediática, fomentada únicamente para dar sensacionalismo al asunto, mientras que durante los 60 los Beatles se convertían en el icono de la paz y el prodigio melódico y compositivo, los Rolling eran otra cosa. Les barrían en actitud con ese magnetismo macarra. Esa atracción sexualizada y sensual del rockstar total. Ellos eran el arquetipo definitivo del rock and roll, ese mito que aún a día de hoy, habiendo cedido la hegemonía a otros géneros, sigue despertando la fascinación de quienes se acercan a él. Una telaraña pegajosa que en mi caso me atraparía desde la más tierna infancia. Aún recuerdo estar de niño en casa, jugando con mi hermano en la habitación, escuchando de fondo desde el salón discos como "Sticky Fingers". Los Rolling han sido sin duda la banda sonora de mi vida y me emociona pensar que algunos de sus discos más emblemáticos empiezan a cumplir ahora 50 años. Un legado transgeneracional que llegaba a mí años después y que, pese a vivirlo solo en primera persona en un directo, ya en una etapa muy diferente de la banda, lo siento totalmente propio. Y supongo que esa es la magia de los discos legendarios, que son eternos. No caducarán jamás.

Sticky Fingers se editaba un 23 de abril de 1971, hace ahora medio siglo. Lo hacía en medio de la que sería su etapa más gloriosa a nivel creativo. Ese punto dorado, de inspiración casi divina, que tienen todos los grupos que logran resistir a lo largo del tiempo en la dura vida de los excesos. Convertidos ya por aquel entonces en la banda de rock más grande del mundo, sería en estos años en los que firmarían tres discos consecutivos que suponen lo mejor que hicieron jamás. La excelencia musical. El santo y seña del rock y el blues recogido en tres volúmenes que resumen de manera perfecta todo un género y lo que es más importante: una actitud, un estilo de vida. Hablo de "Let It Bleed" (1969), "Sticky Fingers" (1971) y, por supuesto, el monumental "Exile On Main St." (1972). Un hito tan insuperable que ni siquiera los propios Rolling Stones pudieron volver a igualar, acercándose solamente a una brillantez semejante con "Some Girls" (1978). Fueron estos, también, los años de la catarsis final. Donde las drogas y el precio de la fama terminarían por hacer mella. En este sentido, "Sticky Fingers" es casi como esa bisagra, la propulsión definitiva y el ámbar donde se quedó adherido para la historia todo ese ADN.

El azúcar pegajoso y adictivo de los Rolling Stones

Empezar un disco con un tema como 'Brown Sugar' sería pegarse un tiro en el pie a día de hoy. A pesar de tener un tono eminentemente críptico sujeto a la interpretación de quien lo escuche, se ha convertido en una de las letras más criticadas de la banda. Sexualización racial, esclavismo y drogas se mezclan en esta canción. Vuelta al debate de la libertad de expresión y el tratar de aplicar la literalidad a las alegorías en los discursos artísticos. Más allá de esto, un clásico de la banda con arreglos instrumentales espectaculares. Mick Jagger como el símbolo del frontman total, seduciendo en cada frase. La cadencia magnífica de Charly Watts a la batería. El bajo, no siempre honrado en la medida que merece, de Bill Wyman y las guitarras hipereconocibles de los Stones. En esta ocasión a cargo de un Mick Taylor que, antes de ser sustituido por Ronnie Wood, participó en los mejores álbumes de la formación británica. Y cómo no, Keith Richards, ese guitarrista que jamás tuvo una técnica depuradísima pero que supo hacer lo más importante: tocar la guitarra de una forma especial, tremendamente personal, capaz de emocionar con un riff y registrada como marca indeleble del sonido de los Rolling a lo largo de todos sus discos. Magistral.

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Más corales de lo que lo habían sido hasta la fecha, los Rolling en este álbum expanden su sonido con multitud de colaboradores. Memorables son los coros y las percusiones más tribales de temas como 'Can't You Hear My Knocking', donde el saxo de Bobby Keys toma el protagonismo absoluto en un interludio instrumental que prolonga el corte hasta los siete minutos.  Más variedad sonora como telón de fondo de los excesos, en este caso generalizados, que se plasman en esa 'Sway' llena de demonios y en 'Bitch', donde las trompetas de Jim Price brillan aportando más matices. Mención especial para el pedal steel de otra leyenda de la música americana como Ry Cooder, artífice de la sensualidad desértica en la genial 'Sister Morphine'. Un instrumento que estiran al máximo también en el bues crudo de 'You Gotta Move'. Género en el que continúan dejando su impronta con la sangrante 'I Got The Blues'. O llegando al clímax, de nuevo los mejores sabores en 'Moonlight Mille', aderezados en este caso por unos dejes orientales y unos pianos preciosistas.

Y dejando lo mejor para el final, dos de mis canciones favoritas de toda su discografía. ¿Cómo olvidarse de la calidez de 'Wild Horses'? Guitarras, pianos y baterías excelsas al servicio del Jagger más esencial y poético. Todo una declaración de melancolía con interpretaciones para todos los gustos. Que cada cual saque la suya. Y en la otra cara del disco, la mejor y más ácida canción de despecho que he escuchado nunca. Canallismo en estado puro en este ejercicio de vomitar todo el desamor a la cara, sin filtros. Eso es 'Dead Flowers', reflejo perfecto de todo el universo de los Stones y una actitud que desde luego transcendía a la pose. En lo melódico, un riff de guitarra de Mick Taylor para quedarse a vivir en él y un estribillo que cantar a pleno pulmón los días de luna llena. Nada mejor que escucharlo en aquella época y en concierto. Y es que los directos incendiarios de los Rolling fueron sin duda uno de los valores más grandes que siempre tuvo la banda, antes incluso de llenar de estadios. ¡Aquí va la auténtica melaza de los Rolling Stones!

Arte, sexo y fascismo

Más allá de la música, "Sticky Fingers" también pasaría a la historia por su portada. Una de las cubiertas más polémicas e icónicas de toda la historia, orquestada por el talento lascivo de Andy Warhol. El artista newoyorkino ya era referencia absoluta del movimiento del pop art pero, además de eso, dejó su impronta en el mundo de la música firmando dos de las portadas más recordadas y laureadas de todos los tiempos. La primera de ellas, su famosísima banana en otro de esos discos atemporales, absolutamente abrumadores: "The Velvet Underground & Nico" (1967). Uno de los mejores álbumes que he escuchado jamás y que, al igual que la colección que hoy nos ocupa, marcaría un antes y un después. En aquella portada, Warhol diseñaba un plátano que, en la primera edición, era una pegatina que se podía retirar para "pelarlo". Debajo, un plátano morado en una evidente alegoría sexual. Pop art en estado puro: el arte llevado a la fabricación en serie de objetos propios de la cultura popular. La segunda carátula memorable de Warhol, ésta de Sticky Fingers, solo cuatro años más tarde, donde repetía estrategia llevando la provocación un paso más allá, hacia terrenos aún más explícitos. Un primer plano de la pelvis de un tipo marcando paquete, embutido en unos vaqueros de pitillo y una cremallera sugerente (por detrás, el culo del susodicho). Tanto fue así que, en las primeras copias del disco, la cremallera era de verdad, y al bajarla aparecían, literalmente, unos calzoncillos. Muy poca tela para una sociedad que aún estaba asimilando la liberación sexual. Pero a esto volveré un poco más adelante.sticky-fingers-resenas-discos-50-aniversario

Aquellas pocas copias que aún se conservan con la cremallera deslizable son a día de hoy objeto de culto entre los coleccionistas, que han llegado a pagar millonadas por uno de esos ejemplares. Una portada magistral llena de ingenio y rebeldía que acrecentaba aún más el calado mitológico de este álbum, donde muchos seguidores quisieron intuir ahí los genitales de Mick Jagger. Pero lo cierto es que el modelo de la sesión fue Joe Dallesandro, uno de los colaboradores habituales de Warhol. Un equipo en el que además concretaron la idea el fotógrafo que disparo la imagen, Billy Name, y el diseñador Craig Braun.

50-anos-sticky-fingersCon o sin cremallera deslizable, seguíamos en 1971. Aquí, en España, sufriendo aún los últimos años de la dictadura franquista. A la cola de occidente en cuanto a progreso y libertades de cualquier tipo. Por supuesto, la polémica portada no pasó el filtro de la censura del régimen, generando uno de esos sucesos que marcarían la leyenda: para el mercado español se diseñaba una portada única, creada por John Pasche (autor también del famoso logo de la lengua) y Phil Jude en la que se ven unos dedos salir de una lata de sirope. Además, se suprimía la canción 'Sister Morphine' al considerarla un peligroso alegato a las drogas. Este corte era sustituido en su versión española por una cover del 'Let it Rock' de Chuck Berry. Como no podía de otra forma, el número limitado de copias que se hicieron con esta carátula, solo distribuidas en España, se han convertido también con el tiempo en uno de los objetos codiciados de los coleccionistas de rarezas. Reflejo perfecto de una época oscura de la sociedad española. Aunque, con todo y con eso, me sigo preguntando cómo se recibiría hoy en día esta portada y este disco, 50 años más tarde, en un sociedad teóricamente progresista. Es paradójico pensar que ahora mismo una portada así, muy posiblemente seguiría siendo criticada con fiereza por la dictadura que hoy parece ganar cada vez más terreno en nuestras vidas: la estricta ley de lo políticamente correcto. Espero y deseo seguir viviendo en un mundo libre, donde el arte y la libertad de expresión sigan dando lugar a pequeños milagros como este "Sticky Fingers", un disco que debería ser considerado Patrimonio de la Humanidad.

Texto: Luis Arteaga
Ilustración final: El Averigua

 

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Luis Arteaga

Todavía te debo una disculpa, no te devolví el cuchillo nunca.

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