Estrenamos las canciones de Tarántula y Los Serpientes

tarantula y los serpientes maqueta

Los clichés posmodernos y la confusión estética han terminado por colapsar nuestra escena musical independiente. Si hace un par de décadas el incipiente indie podía aún distinguirse por su arrojo, apasionamiento y creatividad -también amateurismo e ingenuidad, cualidades, a mi juicio, positivas y necesarias-, a día de hoy debemos reconocer con amargura que tales rasgos no son sino quimeras en el panorama musical actual; abstracciones vacías que a veces salen a relucir en entrevistas y hojas promocionales. Por eso resulta de agradecer que entre tanta pose cool, tanto nihilismo barato y tanto discurso reciclado, aparezcan muestras de una vitalidad y frescura que ya se daban por perdidas.

Tarántula y los Serpientes son un (super) grupo de Mallorca compuesto por miembros de algunas de las más inquietas formaciones del lugar: D. Tarántula (Sucedáneos), Ginés Fernández (Neo Tokyo, Los Bélmez), Juanmi Bosch (Cerebros Exprimidos) y un David Clavo (Doctor Martin Clavo) que tras la grabación dejó paso a Carlos Ordinas (Astrolabio). Sus primeras grabaciones forman una sulfurosa y prometedora maqueta en la que invocan el espíritu del rock más subversivo a través de un prisma muy personal, basado en una retorcida pulsión hardcore y cierta escabrosidad lírica. De hecho, el nombre del grupo no puede adecuarse mejor a un sonido tan  reptante y tóxico, que bebe directamente de las aguas más ponzoñosas de la música popular (Stooges, The Cramps). Lo mejor de todo, no obstante, es que a pesar de que su sonido pueda ser encuadrado dentro de una  filiación clara, Los Serpientes hacen gala de una heterodoxia estilística ciertamente particular, a base de guitarras mesméricas y letras perversas, que indagan en las zonas oscuras del inconsciente moral.

El primer tema, ‘El Ángel Exterminador’, abre la maqueta sobrado de nervio y vigor, avanzando mediante espasmos de hardcore contrahecho y toxicidad noise. Toda la canción está recorrida por un ritmo obsesivo y renqueante, ideal complemento sonoro a un sarcástico relato que aglutina alusiones buñuelianas y trastornos psico-sociales. Son retazos impresionistas aparentemente inconexos, que acaban componiendo, paradójicamente, un hiper-realista lienzo de neurosis urbana. ‘Vértigo’ es un tema más introspectivo. Como la fascinante Madeleine del film de Hitchcock, retornada de entre los muertos, los demonios interiores avanzan inexorablemente envueltos en una inquietante bruma de reverb. Su cadencia serpenteante (nunca mejor dicho) y su clima narcotizado estallan en un estribillo que busca la catarsis purificadora, verdadero exorcismo eléctrico y emocional mientras el texto guiña un ojo (o más bien los dos) a los primeros textos de Lapido, anticipándose a la maniobra de resurrección. Cierra el trabajo la rocosa ‘Derribando Edificios Nuevos’, espléndido ejercicio de rock abrupto e intratable que busca su sitio entre el hardcore bastardo de The Jesus Lizard y los Joy Division más ariscos (los de “Interzone”). Su título, traducción literal de la expresión alemana “Einsturzende Neubauten”, no es en absoluto gratuito, más allá de su vínculo natural con un texto tumultuoso y beligerante. Sí, el guiño a la mítica banda de rock industrial refleja de algún modo el pulso maquinal e inmisericorde que anima el tema. Un latigazo sónico de efecto devastador, que sirve de revulsivo para el anquilosamiento a todos los niveles.

Tarántula y Los Serpientes han facturado una electrizante pieza de contenido flamígero y pétreo acabado, que destila las esencias más abruptas y primarias del rock y abraza abiertamente la provocación. Un discurso musical tan perturbador y lúbrico como esa portada de obsceno color rosa (obra del Sr. Bermúdez), que tanto puede representar un pansexualista 'Ojo que todo lo ve', como a nuestra jodida conciencia trascendiendo -y retorciendo, por supuesto- nuestra naturaleza animal. Un primer paso de una solidez incuestionable, sorprendente y esperanzador, la sorpresa más estimulante del panorama underground en lo que llevamos de año. Y aún habrá cajas con sorpresas.

Texto: Eduardo Ramos

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